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Salvar la vida, mejor que salvar la Navidad

Salvar la vida, mejor que salvar la Navidad

EL BIERZO IR

Atardecer sobre el volcán, de Alicia Saturna. Ampliar imagen Atardecer sobre el volcán, de Alicia Saturna.
Valentín Carrera | 21/12/2020 A A
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Salvar la vida, mejor que salvar la Navidad
Lo pequeño es hermoso Esta No-navidad, mi recuerdo emocionado es para los que se han ido: por ellos, vamos a cuidar y cuidarnos
"Esta es mi humilde opinión, y usted hará lo que usted quiera", acababa siempre el notario don Emilio, un hombre amable y cabal, que no daba consejos a quien no los solicitaba, pero sabía ofrecer soluciones sensatas al problema de turno.

He leído estos días que los niños y niñas hacen fácil lo complejo, mientras los adultos tendemos a complicar lo sencillo. En esta línea, podríamos definir a los políticos como esos seres capaces de hacer difícil lo fácil; profesionales entrenados para encontrar un problema para cada solución. No me gusta generalizar -no todos los políticos son iguales-, pero en la gestión de la pandemia COVID, la insensatez alcanza ya a todos.

Un ministro de Sanidad irresponsable asiste a un evento del diario El Español con otras 150 autoridades irresponsables; y el irresponsable presidente Mañueco bendice que 300 curas y obispos ancianos (de alto riesgo y altamente irresponsables) se reúnan en la catedral de Burgos y otros 250 en la de León, por asunto de ninguna urgencia; pero la culpa de propagar el virus es de los adolescentes que hacen botellón.

Un sinfín de alcaldes, presidentas autonómicas, comerciantes y comunicadores propagan ese virus llamado «Hay que salvar la Navidad», iluminan las calles ricas con dinero público y nos invitan al consumo desaforado, mientras ellos mismos cuestionan la mínima subida de un mínimo 0,9% del salario mínimo, apenas 8,55 euros.
En medio de este sindiós, el sentido común debería ayudarnos a poner algo de cordura. Usaré como herramienta la Lógica, con gratitud a los filósofos que me enseñaron a discurrir: desde Aristóteles a Aniceto Núñez, pasando por Adolfo Héctor Alonso Abella. Va por ellos.

En primer lugar, debemos «distinguir las voces de los ecos» como pedía el poeta; apagar el ruido mediático y ponernos a dieta informativa: un noticiario al día es más que suficiente, todo lo demás es redundancia y rebuznancia. Hay muchos libros, películas, sinfonías y juegos maravillosos que leer, ver, escuchar y jugar, como para perder el tiempo con dos telediarios-basura y tres caca-tertulias. En segundo lugar, estamos ante un nuevo desorden mundial producido por una pandemia súbita e inesperada. La humanidad ha sufrido pestes, lepras, gripes, sidas, y otras pandemias letales; también guerras y hambrunas con millones de muertos; y la peor de las epidemias, la pobreza. El dolor y la muerte nos acompañan en la larga marcha. Nada nuevo: aceptación y serenidad.

Ni un segundo de atención a las extravagancias locales y mundiales: ni vamos a convertirnos en cocodrilos por la vacuna -como dijo Bolsonaro- ni estaremos todos a salvo mañana, como tampoco nada nos garantiza estar libres de un cáncer o un accidente estúpido. Debemos aprender a vivir con la incertidumbre. Si escuchamos la realidad, lo previsible es que el COVID mute, como hace cada invierno el virus de la gripe; que surjan otras enfermedades y plagas, por ejemplo, climáticas. Está pasando: comemos millones de microplásticos en la dieta diaria y respiramos aire tóxico. El agua y el oxígeno ya cotizan en el mercado de futuros.

La razón nos dice que ningún Estado o Autonomía va a «salvarnos», basta ya del trato infantil: cada ciudadano debe asumir la responsabilidad de vivir sin esperar a que Papá Estado y Mamá Castilla nos saquen las castañas del fuego. Yo me protejo, y protejo a los que me rodean, con o sin recomendación del rey o del papa. Considero mi deber usar la mascarilla y el gel, y salir de la burbuja solo lo necesario, sin neuras y sin gesticular, con sentidiño; y, como decía mi notario, usted hará lo que usted quiera.

Pero la realidad también nos dice que no basta con ser prudentes. Ninguno de los amigos que se han ido por el COVID cometieron locuras -mi primo, el doctor Joaquín Díaz, por citar un ejemplo, murió trabajando, en el quirófano-; hay causas que escapan a nuestro poder y comprensión: el destino, la suerte (también el azar genético). Es la vida. La alegría y el dolor forman parte de la vida y la muerte. Mejor empezar a aceptarlo cuanto antes.

Por último, una reflexión emocional, al calor de las luces navideñas: esta pandemia es una invitación a vivir el presente -Carpe diem-, a valorar lo mucho positivo que nos rodea, incluso en los trances dolorosos: familia, amigos y amigas, afectos, la naturaleza, la ciencia, la cultura, la música, el arte, la alegría, la belleza.
Frente a la legión de profetas del apocalipsis y jeremías, que todo lo ven mal y ellos mismos son los ciegos, y no pierden una sola ocasión de vociferar y condenar, es tiempo de celebrar que estamos vivos: cada minuto de felicidad compartida cuenta, cada sonrisa es un tesoro y cada beso una riqueza infinita.

Queridos lectores y lectoras de La Nueva Crónica: gracias un año más por el regalo de vuestro tiempo cada lunes; esta Navidad -que no hay dios que la salve- solo os deseo una pizca de sentido común; menos profetas del miedo y más sonrisas. Esta No-navidad, mi recuerdo emocionado es para los que se han ido: por ellos, vamos a cuidar y cuidarnos. La primavera avanza.
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