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Rodanillo en el ADN (2)

Rodanillo en el ADN (2)

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Lagar del Moro, galardonado con el XI Premio Palacio de Canedo a la recuperación de la arquitectura tradicional del Bierzo. | V.C. Ampliar imagen Lagar del Moro, galardonado con el XI Premio Palacio de Canedo a la recuperación de la arquitectura tradicional del Bierzo. | V.C.
| 10/06/2019 A A
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Rodanillo en el ADN (2)
Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
Camino de Rodanillo, poco antes de llegar a San Román dejamos a orillas del Boeza las choperas de los Pedrones, y en la antesala de la ermita del Cristo nos da la bienvenida una rotonda desafortunada. Cuando mi padre y yo pasamos por allí esta primavera, estaba en obras y las letras BEMBIBRE —como si alguien no supiera dónde pisa—, aún no habían encendido la indignación de los sanrromaniegos. Dicen que las va a cambiar la nueva alcaldesa, a la que felicito y deseo suerte, pero esa es otra historia.

La  nueva carretera a Toreno deja atrás, a orillas del Noceda, el yacimiento prehistórico de hachas de pedernal y la villa romana Interamnium Flavium, sepultada por la A6, y la empinada cuesta revientabueyes nos conduce a Rodanillo, donde nos espera David González en la plaza del Abrevadero. Por el apellido somos familia ¡seguro!, pero decir González en Rodanillo es mentar a medio pueblo y al otro medio, como demuestran los apellidos de nuestro común amigo Benito González González, autor del ejemplar libro Rodanillo, un pueblo del Bierzo Alto.

Benito ya no puede leernos, van para él este abrazo y estas líneas, homenaje al historiador local que, a pulso y con mucha vocación y mérito, reconstruye la historia de su pueblo, por pequeña que sea, tan valiosa. El libro de Benito, con la Castañalona en la portada, es una enciclopedia de Rodanillo, y también escribió la de Losada, que tuve el honor de prologar: «En El Bierzo hay cuatrocientos pueblos y pueblines; para escribir una Wikipedia, una Espasa berciana, harían falta cuatrocientos bercianos que amaran cada cual a su propio pueblo tanto como Benito González González ama a Rodanillo».
Pues hay otro rodanillense (me gusta más ‘rodaniego’) que ama tanto a su pueblo como Benito: David, que me muestra los dos escudos heráldicos de los González que blasonan las casas de nuestros antepasados: uno de 1555 y otro del siglo XVII. Desde su silla de ruedas, mi padre contempla con curiosidad los blasones labrados en piedra y quizás su cabeza repite las palabras mágicas que me dijo un día en el Valle del Silencio, renegrido y humeante tras el grave incendio forestal de 2017:

—¡Cuánto misterio!

El misterio envuelve el pueblo de los carros, casi deshabitado, aunque se han recuperado unas cuantas casas con vistosos corredores, y vuelve a llenarse de vida cada dos de septiembre por las fiestas del patrono, San Antolín, cuyos milagros nos cuenta David en la iglesia, ante el retablo barroco del siglo XVIII, que se salvó de milagro del saqueo de los franceses, y luego del furor de la revolución del 34 porque las mujeres del pueblo se encerraron en el templo para impedir que los mineros le plantaran fuego.

Otro episodio de la memoria, arrancado de un libro incompleto, cuyas páginas escriben para nosotros Benito y David, con el tesón y el pulso firme de los constructores de carros.

El mismo tesón que ha empujado a la junta vecinal de Rodanillo a recuperar el lagar del pueblo, restauración que ha recibido este año el primer premio de la Fundación Prada a Tope (XI Premios Palacio de Canedo a la recuperación de la arquitectura tradicional del Bierzo). Cuando accedemos al interior del lagar, la cara del Tomás de 93 años, siempre misteriosa, se ilumina con la imagen del Tomasín de nueve años pisando uva o bebiendo, travieso, el primer mosto. Bendito vino: el lagar simbolizó durante siglos el centro de la vida económica de pueblos como Rodanillo y la inmensa viga de castaño, de diez metros de largo, simboliza la memoria que he venido a buscar al pueblo de mis bisabuelos esta mañana soleada de primavera.

Con paciencia de amanuense en el Scriptorium, David ha rastreado los libros de bautismos, bodas y entierros de los últimos siglos y ha reconstruido el árbol genealógico de todo un pueblo, miles de datos registrados a mano —y volcados en un curioso y espectacular programa informático— en el que aparecemos todos los rodanillenses desde el siglo XVII hasta hoy, nuestras raíces creciendo en la tierra nutriente.

Ya solo tía Honorina sabe los nombres de los seis hermanos: Arsenio, el abuelo Samuel, Eulogia, Sofía, Simón y Pilar González Pestaña: y se perderían en la niebla si no fuera por la investigación de David, la Castañalona genealógica de nuestras vidas, la viga de castaño que contiene  nuestro ADN: el del cartero Tomasín y el de Tomás González —otro día hablaremos de la rama de los Cubero y su mayorazgo en San Esteban del Toral—, que contempla en la viga de lagar restaurada las manos encallecidas de Samuel y Simón, trabajando la madera de la memoria.

Es la una y pasa la panadera vendiendo hogazas y compramos una bolla, que encetamos por el camino: mi padre sonríe agradecido con el regalo del currusco. Nos despedimos de Rodanillo, el pueblo de los pozos, que tiene unos cuantos, incluso con anguilas, con la promesa de volver por San Antolín a vendimiar unos racimos, mejor si ya están en el cesto.
O quizás regresemos en tiempo de castañas, para sentarnos entre familia y amigos en torno a un tambor, y conversar mientras gira el magosto de la vida, que no hay mayor gozo ni mayor tesoro que una buena conversación con castañas de Rodanillo asadas y un porrón de clarete cantarín. A eso quiero dedicarme el resto de mi vida: imagino el otoño entre amigos, como un filandón inacabable.
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