No obstante, la polisemia escondida detrás de esa palabra nos permite derivar por otros meandros del pensamiento para dignificar ligeramente la frivolidad de su significado en estas fechas: desde tender puentes hasta los puentes de plata para los enemigos, sin olvidar la sentencia atribuida a Isaac Newton «construimos demasiados muros y no suficientes puentes». En fin, no debe extrañarnos entonces que un pontífice sea un hacedor de puentes y que para sí se lo atribuyera en grado sumo la máxima autoridad de la iglesia católica, el sumo pontífice. No hay imagen más elocuente en los modernos gabinetes de publicidad.
A pesar de ello, no son esos los derroteros por los que transita la comunicación en la actualidad. Si a un líder, de la naturaleza que sea, se le ocurriera denominarse de ese modo o apuntar levemente una intención tal, sería considerado de inmediato no sólo como radical sino como cursi. Aunque pocas palabras y pocas construcciones son tan hermosas como esa. Por el contrario, lo que hoy se lleva es volar puentes y destripar al contrario, sobre todo en las redes antisociales, generar bronca y pescar en río revuelto sin necesidad de puente alguno para atravesarlo. Es tendencia, como se dice ahora.
Lo opuesto a ese torbellino es lo que nos proporciona consuelo, lo que siempre es un bálsamo, lo más radical. Se llama literatura y a ella acudimos para sanar los males: «Cabe la puente de Aranda, / yo quería ser el Duero / por llevar mi corazón / al corazón de los pueblos». Pues eso, un buen destino al menos para este puente y un buen propósito sin duda frente a lo insolidario.
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