Es, desde luego, un pueblo ‘distinto’. Y es que, al estar allí, tiene uno la impresión –de alguna manera– de haber retrocedido unas cuantas décadas en el tiempo… aunque solo sea porque no hay forma de llegar por carretera asfaltada. Se accede con facilidad, eso sí, por una pista desde el alto de Foncebadón –está indicado; e, incluso, te guía Google Maps–, al lado mismo de la Cruz de Fierro. Yo lo visité hace unos meses –me acompañó, entre otros, Antonio Núñez, presidente de la Asociación ‘Nueva Prada de la Sierra’– y, la verdad, fue más que interesante. Si tienes ocasión, no dejes de acercarte.
En Prada de la Sierra conviven descendientes del pueblo con gente llegada de otros lugares –buscando, tal vez, un estilo de vida alternativo–; y son los propios vecinos quienes se encargan de que todo esté acondicionado –en ocasiones, mediante hacenderas–, incluida la acometida del agua, que procede de manantiales, o la instalación de placas solares que les proporcionan energía eléctrica. Las calles están sin asfaltar, claro; y, en general, es un pueblo cuidado.
En el cementerio, contiguo a la iglesia de San Bernabé –que, por cierto, están recuperando–, una placa recuerda desde 2011, de forma especial, a sus difuntos: «Homenaje a mujeres y hombres que en este pueblo forjaron sus sueños y aquí descansan». Hoy, sus paisanos, siguen soñando…
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