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Por qué es necesaria otra izquierda

Por qué es necesaria otra izquierda

OPINIóN IR

17/01/2018 A A
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Por qué es necesaria otra izquierda
Todavía no ha llegado el tiempo en que podamos prescindir de las categorías de izquierda y derecha. Algunos creen que sí, y proclaman su necesaria desaparición basándose en dos argumentos: 1) cada día es más difícil saber qué es de derechas y qué de izquierdas, y 2) esa distinción sólo conduce a enfrentamientos estériles. El intento más esforzado de superar estas categorías ha sido abrir un tercer espacio, el centro, que trataría de recoger lo mejor de una y otra opción. La contradicción está en que esa tercera categoría no anula las otras dos, sino que las mezcla y confunde. Quizás por eso para la mayoría el centro, como espacio político diferenciado, no existe, ya que acaba inclinándose hacia la izquierda o la derecha (casi siempre hacia la derecha, como es el caso de Cs).

Otro concepto que intenta superar las viejas categorías es el de transversalidad, término todavía más escurridizo que el de centro. Tampoco la transversalidad anula la existencia de derecha e izquierda, sino que traza una línea sutil que las une, apelando, como artilugio retórico, a la confluencia de intereses de los ciudadanos por encima de sus preferencias políticas. La transversalidad no ha resultado ser un reclamo político atractivo para la mayoría porque también crea confusión y desconfianza. Los casos más conocidos son UPyD y Podemos, que ha acabado desechando el término para definirse, no solo de izquierdas, sino comunista, anticapitalista, plurinacionalista y lo que sea.

Los hechos nos muestran que, lejos de estar a punto de desaparecer, la izquierda y la derecha, como formas y fórmulas para diferenciar dos espacios políticos básicos, siguen siendo necesarias. Lo son por ser funcionales, un modo directo y sencillo de distinguir a los partidos. Dentro de cada campo sí podemos hacer diferencias para atender a la heterogeneidad y complejidad de la sociedad actual, en la que la antigua distinción de clases se ha difuminado con la aparición de una gran clase media, a su vez no homogénea. Esto da sentido a la distinción entre derecha y centro derecha, izquierda y centro izquierda, extrema derecha y extrema izquierda. Del 0 al 10, en una línea imaginaria, la mayoría de los ciudadanos no tiene dificultades para situarse políticamente, siendo en nuestro país el espacio de centro izquierda el mayoritario, con bastante diferencia.

Aceptadas estas clasificaciones básicas y orientativas, contra las que es innecesario luchar, lo más importante es llenar de contenido político cada una de esas opciones. Es aquí donde, para unos y otros, empieza el verdadero problema. El primer paso es definir, de forma clara y precisa, las ideas políticas que se defienden. Para ello es imprescindible distinguir entre ideas e ideología. Cualquier conjunto de ideas tiende a convertirse en ideología, pero la política, hay que repetirlo, no es el terreno de la ideología, sino el de las ideas. Ideas cuyo valor depende, sobre todo, de su capacidad para transformar la realidad. La derecha en esto ha sido siempre mucho más pragmática que la izquierda, no ha tenido inconveniente en despojarse de cualquier atadura ideológica que le impidiera mantenerse en el poder (no hay nada más pragmático que el poder y el dinero).

Como persona de izquierdas (por mi condición social, mi experiencia, mi educación y hasta mi sensibilidad), lo que más me preocupa e interesa es despojar a la izquierda del lastre ideológico que arrastra, convencido como estoy de que hoy, y de modo urgente, es necesaria otra izquierda que equilibre el panorama político e impida el desmoronamiento del Estado democrático. La izquierda oficial (PSC-PSOE-Podemos) está sumida hoy en un proceso de confusión y descomposición irrecuperable, por más que todavía les cueste a sus votantes reconocerlo. Esta izquierda vive de viejos dogmas, a los que ha ido añadiendo otros nuevos, convirtiéndose en una iglesia laica, en la que sus creyentes se sienten moralmente superiores e imponen sus creencias a la sociedad con el mismo celo y fanatismo que los antiguos predicadores. Ha ido recogiendo todo lo que consideraba «progresista» sin criterio alguno, mostrando una indigencia intelectual pasmosa.

Necesitamos otra izquierda, renovada, que redefina conceptos, que utilice un nuevo lenguaje despojado de la mugre mental e ideológica que arrastran muchos términos, frases y lugares políticos comunes, que ha desvirtuado causas tan nobles como el feminismo, el respeto a la naturaleza y a los animales o la ayuda a los desterrados y desprotegidos. Una izquierda que combata eficazmente la desigualdad nacida de la injusticia, la explotación, la esclavitud moderna, y que no consagre privilegios de ningún tipo, ya sean territoriales o de clase. Que de verdad defienda el bien y el interés común y no se ponga al servicio de los poderosos, pero que estimule, al mismo tiempo, la iniciativa y el trabajo de los mejores y más emprendedores.
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