Su obra, que hoy nos parece un pilar de nuestra cultura cuando se cumplen ciento cincuenta años de su muerte, nos ha llegado de milagro. La primera versión de sus poesías se perdió con el manuscrito, que tituló ‘El libro de los gorriones’, en la revolución de 1868. El poeta tuvo que reescribir el libro de memoria y se publicó a los dos años de su muerte gracias a sus amigos, que reunidos el 24 de diciembre, dos días después del fallecimiento, en el estudio del pintor Casado del Alisal decidieron costear la impresión en honor a su memoria, a su poesía y como sustento de la viuda y los hijos.
Bécquer no sólo ha sido nuestro primer poeta moderno, influyente en todos los del siglo XX, sino también la educación sentimental de numerosas generaciones. Amar o sufrir, ver irse el tiempo irrepetible, presentir la muerte… Sin moralejas, con la intensificación y el consuelo de la belleza de su expresión lírica, compartiendo su ilusión, sus sueños, su soledad, su tristeza o su desengaño.
En un mundo en el que nos íbamos a ir quedando cada vez más solos, desprovistos de herramientas mágicas para conjurar la ausencia de felicidad, él señala a la poesía como la esencia hermosa de la existencia que duerme en todas las cosas esperando a ser despertada, como la nota musical en la quieta cuerda del arpa que es preciso hacer sonar antes de llegar a donde habita el olvido.
En realidad, acortó notablemente la distancia entre arte y vida: la eliminó. En el conocidísimo poema en el que alguien le pregunta qué es poesía, él responde con abrumadora certeza algo que parece un simple piropo a una mujer amada pero que es una idea crucial: «Poesía… eres tú». Es decir, la vida, tu vida; algo que no se había oído nunca.
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