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Poe, su corazón y su máscara roja

Poe, su corazón y su máscara roja

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Kim Novak en la imagen ‘espectral’ que aparece ante los ojos de James Stewart en ‘Vértigo’. Ampliar imagen Kim Novak en la imagen ‘espectral’ que aparece ante los ojos de James Stewart en ‘Vértigo’.
| 25/04/2020 A A
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Poe, su corazón y su máscara roja
Cine y literatura Por Manuel Cuenya
El escritor Allan Poe nos poseyó y nos sigue poseyendo con sus palabras, con sus historias extraordinarias, como esas ‘historias para no dormir’ que nos ofreciera el gran Chicho Ibáñez Serrador (entusiasta de Hitchcock y el cine de terror, también conocido por dirigir el programa de entretenimiento: ‘Un, dos, tres... responda otra vez’).

Poe, el poseso, que tal pareciera que lo hubiera cargado algún diablo perspicaz y engatusador, nos ha deleitado y nos sigue deleitando con sus relatos de suspense y terror, que tanto han influido en el maestro del suspense cinematográfico de Hitchcock (él mismo confesó su devoción por Poe).

Se percibe, por ejemplo, el aroma, la atmósfera (temática incluida y hasta forma de proceder, eso que en la literatura y el cine se da en llamar la trama o urdimbre, el tejido de las palabras, ya sabemos que podemos tejer palabras cual si estuviéramos haciendo punto de cruz) de cuentos como ‘El retrato oval’ o ‘El corazón delator’ en películas del mago del suspense.

‘El retrato oval’ en ‘Vértigo (De entre los muertos)’ y ‘El corazón delator’ en ‘La soga’.

Dos relatos por lo demás portentosos, sobre todo El corazón delator, que me sigue resultando fascinante, porque su autor, que siempre estaba coqueteando con la muerte (con los entierros prematuros, debido a la catalepsia, tan frecuente en el siglo XIX, incluso fantaseando con el suyo propio) y con los límites entre la cordura y la locura, nos adentra en una atmósfera asfixiante, claustrofóbica (como de confinamiento vírico) para mostrarnos los bajos fondos del ser humano, para enseñarnos el lado oscuro y perverso de los humanos, demasiado bestiales. Y en esto Poe se convierte en un buen conocedor de la mente humana, en todo un experto en psicología y psiquiatría, acaso porque él mismo padecía algún trastorno a resultas de su tisis o los estupefacientes que gustaba tomar. Es bien conocida su afición a las drogas, al alcohol, que también es una droga depresora, lo que no quiere decir en absoluto que Poe escribía así de bien porque fuera adicto a algunos fármacos o drogas exógenas, pues los humanos también podemos chutarnos elevando o disminuyendo en nuestro organismo determinados neurotransmisores o drogas endógenas como la serotonina, la dopamina, la noradrenalina, las encefalinas, las endorfinas, entre otras muchas.

En ‘El corazón delator’, a través del monólogo interior del protagonista en el que apreciamos pensamientos inconexos, contradictorios (en esto también se adelanta a los escritores del siglo XX como Joyce, Delibes, Martín Santos o Juan Goytisolo, entre otros muchos), Poe nos mete de lleno en la mente perturbada de este criminal, este psicópata paranoico, con delirios y alucinaciones, sobre todo auditivas, como indica el título del relato, que es premonitorio y esencial en la trama (los latidos de un corazón), una crónica de una muerte anunciada (como la que nos contara años más tarde García Márquez acerca de su Santiago Nasar), porque el personaje principal, obsesionado por el ojo de un viejo con el que convive (podría ser su propio padre o bien algún sirviente, eso no se aclara) confiesa, en un inicio (quizá está en una prisión o en algún espacio donde lo interrogan) que él está cuerdo.

«... ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia», dice el protagonista.

La confesión es como una vuelta hacia atrás en el tiempo (una analepsis o flashback) en el relato, aunque más bien podríamos entenderla como una prolepsis o flashforward, hacia adelante, anticipándose a los hechos, con un ritmo inquietante, propio del género de terror, y acelerado, en el que confluyen todos los elementos en juego, en una estructura clásica de planteamiento (el prota intenta mostrarse cuerdo), nudo (la frialdad con que comete su crimen, propia de un psicópata) y desenlace (en el que acaba confesando su crimen), con una excelente progresión narrativa, dramática.

Poe, quien fuera el renovador del género gótico y el creador del cuento contemporáneo (léase por ejemplo Los crímenes de la calle Morgue) también nos ofreció otro cuento magnífico, de corte gótico, titulado ‘La máscara de la muerte roja’, que en este tiempo de Coronavirus me apetece desempolvar porque nos lleva de la mano a una abadía, que bien pudiera haber sido la de Melk (como aparece en ‘El nombre de la rosa’, de Eco), donde se refugian (ahora diríamos se confinan) unos nobles (que no son los burguesitos que se quedan encerrados en una mansión, como en ‘El ángel exterminador’ de Buñuel, ni los fenómenos que se encierran en una villa señorial, en ‘La gran comilona’, de Ferreri, para montar una bacanal gastronómica hasta reventar) para escapar de la muerte roja (una muerte fulminante), que es una terrible plaga que se ha extendido sobre la Tierra. Se confinan en esta abadía, amparados en el lujo y la seguridad que les proporciona tal búnker, cerrado a cal y canto, a la espera de que escampe el temporal pandémico. Pero un mal día se aparece en la abadía un huésped misterioso enfundado en traje oscuro salpicado de sangre, bajo el disfraz de la Rojez, y los fulmina a todos.

Esto también me hace recordar las secuencias de ‘Eyes Wide Shut’, de Kubrick, cuando el ingenuo personaje interpretado por Tom Cruise asiste a una fiesta de máscaras (en realidad se trata de una orgía macabra, si tal puede decirse) en una mansión a las afueras de la ciudad de Nueva York, donde se reúne la flor y nata de su fauna. En cambio, en este caso al pobre de Cruise (me gusta esta interpretación suya, se nota la mano del director en la dirección del elenco actoral, Nicole Kidman está soberbia) lo desenmascaran y lo someten a un juego perverso, aunque al final salga del embrollo aturdido y bien parado. También en la película de Kubrick, tras las máscaras venecianas y los cuerpos desnudos de algunos de sus participantes, se masca la muerte. Y el sexo. Cara y cruz de una misma moneda.

La muerte, el crimen, es una constante en las narraciones de Poe (sobrecogedora se me antoja ‘Berenice’, en alusión a su jovencísima prima Virgin, con quien llegó a casarse, si es que era un genuino transgresor; o bien ‘La caída de la casa Usher’, que adaptara Corman. Y Epstein. Corman hizo varias adaptaciones de cuentos de Poe).

Cabe recordar que ‘La caída de la casa Usher’ tiene cierto influjo en ‘Casa tomada’ de Cortázar. No en balde, el autor de Rayuela se encargó de traducir al español la obra de Poe, que en ‘Los crímenes de la calle Morgue’ (a la que antes aludía) todo está concebido para llegar al final a partir de la descripción que hace de las cualidades analíticas del detective Dupin, que es un antecedente claro de Holmes, de Conan Doyle. Tras examinar las pistas contradictorias de un crimen en apariencia irresoluble y tras poner un anuncio en prensa, el detective Dupin deduce quién es el asesino. Una vez más, ‘Crónica de una muerte anunciada’ del Nobel García Márquez es deudora de Poe (que hizo de la literatura su modo de vida, porque vivió por y para la literatura, como hiciera también Umbral).

Deudoras de Poe son otras muchas obras y autores, como por ejemplo el simbolismo francés, que es como el lado oscuro del Romanticismo, con Baudelaire y sus flores del mal a la cabeza (el cual dio a conocer a Poe en Francia), además de Rimbaud, con sus ‘Iluminaciones’ y ‘Una temporada en el infierno’, Mallarmé y Verlaine, tan dados a las sinestesias en sus obras, escuchando colores, viendo sonidos, percibiendo sensaciones gustativas al tocar objetos con determinadas texturas, entre otras sinestesias, que pueden producirse y potenciarse con el consumo de drogas psicodélicas como el LSD y algunos hongos alucinógenos que tanto gustaban al gurú Jim Morrison, incluso a los Beatles. Y por supuesto a los Tarahumara de México, que elevan el peyotl a la categoría de divinidad.

También escritores como Juan Ramón Jiménez, Aleixandre o Valle Inclán eran dados a las sinestesias. Por tanto, la huella de Poe en la literatura es alargada, la sombra del ciprés es alargada. Y llega asimismo a la literatura victoriana de fantasmas y por supuesto al surrealismo: La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco, decía Dalí, que es casi casi lo que nos cuenta el protagonista de ‘El corazón delatador’ de Poe. El surrealismo, que tanto gustaba de indagar en el subconsciente florido y fermoso.

La huella de Poe, quien admiraba a Lord Byron y fue contemporáneo de nuestro Espronceda, «que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad», también se extiende a Dostoievski y sus memorias del subsuelo (‘William Wilson’ de Poe tiene su reflejo en ‘El doble’ de Dostoievski), al absurdo mundo de Kafka, al ‘Horla’ invisible de Maupassant (que es como la reinterpretación moderna de un virus atenazante en la época actual) y algunos otros creadores como Cortázar (al que ya había mencionado como su traductor). Apasionado de la cosmología, la criptografía y el mesmerismo, estaba asimismo obsesionado con la catalepsia, a la que dedica varios de sus cuentos, entre ellos ‘El entierro prematuro’ o ‘La Caída de la Casa Usher’ (como ya adelantara).

«Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos… ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro?» (‘El entierro prematuro’).

La catalepsia, que es el resultado de trastornos diversos, entre los que figuran la psicosis o la esquizofrenia, además de síntomas de rigidez corporal, falta de respuesta a estímulos, pérdida de respiración y del ritmo cardíaco, causó estragos durante la época de Poe, la primera mitad del siglo XIX, porque la persona cataléptica daba la impresión de que estuviera muerta y por tanto cabía la posibilidad real de ser enterrada viva. Qué horror. ¡El horror, el horror! ¿Os acordáis de ‘El corazón en las tinieblas’ y ‘Apocalipsis Now’?
Por fortuna, en la época actual, debido a los avances en la medicina, imagino que a nadie se entierre vivo, aunque nunca se sabe.

Conviene recordar que la catalepsia podría estar relacionada también con el Parkinson, la epilepsia (a la mente me viene una portentosa secuencia de una epiléptica en medio de dos fenómenos de la interpretación como son De Niro y Depardieu en la brutal y bellísima, a partes iguales, ‘Novecento’ de Bertolucci), o el síndrome de abstinencia por el abuso de drogas, conocido como el mono (aquí me viene otra película magníficamente interpretada por Sinatra, ‘El hombre del brazo de oro’, de Preminger).

La catalepsia podría sobrevenir incluso por sufrir algún choque emocional extremo, por quedarse literalmente en shock.

A Poe, quien también llegó a ejercer como crítico literario y forma parte del Olimpo de los malditos (murió tísico, como nuestro Gil y Carrasco, con tan sólo cuarenta años), siempre lo recordaremos por ‘El cuervo’, poema narrativo que llegué ver/escuchar/sentir a través de la puesta en escena que de él hiciera el gran actor Javier Semprún, perteneciente al Teatro Corsario de Valladolid.
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