Palabras al Mar para Toño Morala

El recuerdo de Toño Morala congregó este domingo en el Ágora de la Poesía de la plaza de San Marcos a cientos de amigos que quisieron arropar a su viuda Mar, su hija Andrea y su nieta Vega en un acto que aún podría seguir si hubieran hablado todos los que querían hacerlo

Fulgencio Fernández
07/06/2021
 Actualizado a 07/06/2021
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Si todos aquellos que este domingo acudieron a la llamada de la amistad en torno a Toño Morala con ánimo de decir algo lo hubieran podido hacer este lunes, un día después, aún seguiríamos en el Ágora de la Poesía del anfiteatro de San Marcos, donde de celebró el acto, un lugar con mucho significado pues cuando allí nació esa iniciativa de la poesía «que no compite sino que secomparte» ToñoMorala también estaba allí. Como estaba en el Ateneo Varillas donde, como recordó Alfredo Vidal «me encontraba en la calle y me pagaba la cuota del año siguiente»; como estaba en la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui, donde ayer le recordaría en los campos de refugiados de Tinduf donde, como recordó Ana María Rodríguez, le estaría llorando esa niña que tiene «un padre español»; como estaba al día se sus cuotas en ‘el partido’... «De todos los colectivos donde haya solidaridad y compromiso era miembro Toño», como recordó por ejemplo Miguel Ángel Fernández, de las Marchas por la Dignidad, esa palabra que tanto le gustaba.

Esos, y muchos más, poetas, muchos poetas, luchadores, militantes de la bondad y la dignidad, músicos, receptores de esas cajas de tomates que repartía por septiembre se dieron cita en la calurosa tarde del domingo en el ágora. Jesús Bonilla acudió desde Badajoz, convencido de que de haber sido al revés Toño estaría en Badajoz.

Allí supimos más ejemplos de su bondad y otras andanzas de Morala, de quien su tío recordó cuando «se metió a granjero y se le murieron todos los conejos de esa enfermedad que tienen...».

Venía bien la distensión que sembraron las palabras de su tío porque unos minutos antes nos habían encogido el corazón su viuda, Mar, acompañada de su hija Andrea y su nietina Vega, aunque sólo Mar tuvo fuerzas para tomar la palabra. Nos recordó que era Toño quien estaba sufriendo por el cáncer que padecía ella cuando se presentó el maldito ELA que lo llevó en un año y medio. Habló entre sollozos de ese año y medio y, sobre todo, de los últimos días de Toño. «Hicimos lo que nos pidió, él no quería que lo lleváramos a ningún hospital ni nada, quería estar en casa, tener mi mano cogida. Yo le ponía la morfina y me quedaba mirándole, tenía cara de felicidad, se estaba haciendo lo que él quería». Y se hizo hasta el final pues, nos contó Mar, «a la mañana siguiente salimos muy pronto con su cuerpo hacia la Universidad de Valladolid, para entregárselo a la ciencia, para que se investigue, para ver si dentro de tres años podemos decir que hay tratamiento para la ELA gracias a Toño y otros enfermos generosos como él». Contó cómo en aquel lugar frío, la sala blanca, el forense le dijo que mejor se iban y ella les pidió «volver a verlo, abrazarlo por última vez... y vi que estaba tranquilo, feliz de haber hecho en la vida lo que había querido hacer».

- Y le volví a decir por última vez lo orgullosa que estaba de ély le recordé que después de cumplir su tarea de entregarse a la ciencia iría a parar a una fosa común, pero no una de esas de los fusilados de la guerra contra las que tanto luchó sino a la fosa común de los héroes. Y me pareció verle sonreír.

En las gradas del ágora se intuían cientos de gargantas con un nudo que no les dejaba casi ni respirar. Por suerte nuevos intervinientes tomaron el micrófono para recordarle, admirarle, leer un poema suyo, cantar una canción o un deseo, como el expresado por el poeta Víctor M. Díez: «Se ha dicho que ha muerto la bondad y es cierto, pero yo preferiría decir que en el aire, a partir de hoy, flota una forma de estar en la vida, lo que podríamos llamar el Mundo Morala, ése en el que ya vive su nieta Vega»; y es que Mar también nos había contado que cuando Vega llegó a casa y no estaba Totito aventuró:
- Está jugando al escondite. Se ha escondido.
«Sí, en el cielo», le dijo la abuela y allí sigue, en esa nube que Víctor bautizó como el Mundo Morala.

La misma nube en la que le vio Miguel Ángel Roldán, enfermo de ELA que ha ascendido al Naranjo de Bulnes para reivindicar que se investigue esta enfermedad y ayer envió una carta que también fue leída en el homenaje del ágora y en cuyas últimas palabras le dice que cuando llegó a la cima del Naranjo de Bulnes pudo ver cómo Toño volaba aún más alto.

Allí sigue, en el Mundo Morala.
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