Creo que hoy me voy a lanzar con la historia de Zhang Shan. Empezaré por decir que cuando me enteré de este acontecimiento, hace ya algún tiempo, me costó muchísimo documentarme porque prácticamente no había rastro de él. Pocos datos, y menos hilos de los que tirar. Cuando, por fin, pude confirmar que aquella historia que había llegado a mí era verdad, sentí una pena tremenda. Una vez más estaba comprobando lo poco que hemos avanzado en la ardua cuestión de acorralar la doctrina machista y cuán largo es el brazo del Estado patriarcal.
Cuando hablo de machismo, me refiero a la actitud que manifiestan las personas que creen que el hombre es superior a la mujer y, en general, a todos los seres que existen, entendiendo que esto les legitima para manifestarse de manera violenta, abusiva, opresora con todos los demás seres vivos que se mueven a su alrededor. Lo digo por si a alguien, durante el transcurso de la lectura, piensa: «Vaya, otra tía que odia a los hombres». No voy por ahí, yo no odio.
Al grano. Zhang Shan nació en China en 1968, justo el año en el que, en otra parte del mundo, se incorporaba la disciplina de tiro al plato en los Juegos Olímpicos. Esta disciplina deportiva nació mixta; sería razonable pensar que seguramente sería así porque las aptitudes para practicar dicho deporte no están sujetas a cuestiones físicas, aunque también existe la posibilidad, después de ver cómo transcurrieron los acontecimientos, de pensar que la poca afluencia femenina y el escaso interés que causaba en nosotras les hiciera pensar que nunca íbamos a suponer ninguna competencia. Así, a priori, pensar esto segundo tan crudamente es una locura. No hay necesidad de ser tan negativas ¿ verdad?
El caso es que Zhang Shan mostraba aptitudes en esta disciplina y, a pesar de que en aquella época pocas mujeres tenían acceso a preparación deportiva de élite, pudo ingresar, con 16 años, en el equipo nacional de tiro de su país. Su carrera fue trepidante. En 1984 se convirtió en la campeona mundial de escopeta y en 1992 llegó a los Juegos Olímpicos de Barcelona formando parte del equipo chino. Era la primera vez que mujeres y hombres competían a ese nivel y en esta disciplina. De 70 participantes solo había 6 mujeres. Zhang Shan ganó la competición con una contundencia pocas veces vista. Medalla de oro junto con la demostración de que la excelencia no tiene género.
Pero institucionalmente esto no cayó bien. Y no se interpretó en clave de equidad. Así que el Comité Olímpico Internacional decidió eliminar la prueba mixta para las siguientes convocatorias. Sin pudor ninguno y sin muchas explicaciones. Y las competiciones dejaron de ser mixtas. En 1996, en Atlanta, hombres y mujeres ya compitieron por separado.
La lectura de estos acontecimientos es muy dura: cuando una mujer supera a sus iguales masculinos en igualdad de condiciones, el sistema prefiere cambiar las reglas antes que aceptar la derrota. Que el triunfo de cualquier ser humano en una competición deportiva sea interpretado en esta clave es en sí la derrota, la vergüenza, la tristeza. Así que después de observar realidades como esta, que no son pocas si prestan atención a la realidad cotidiana que les circunda, y hace una reivindicación feminista, de igualdad, sobre el hecho, una se pregunta si es a este tipo de cosas a las que se refieren algunas personas cuando dicen que «el feminismo ha llegado demasiado lejos», como si el derecho o la dignidad fueran cuestiones de conveniencia. Como si «demasiado lejos» fuera estar a la par. Fuera estar codo con codo. Como si feminismo no fuera respetarnos como somos, aceptarnos como somos y querernos a rabiar de aquí a la luna un millón de veces.
Zhang Shan
14/01/2026
Actualizado a
14/01/2026
Comentarios
Guardar
Lo más leído