Eso que algunos llaman ‘el asunto Zapatero’, aún en los inicios de una investigación, aún a la espera de que él mismo declare, ha provocado una especie de devastador terremoto en la izquierda, y más en la izquierda sanchista, si así puede llamarse. He visto tristeza, desolación y he escuchado lamentos, hasta de los que no comulgaban demasiado con él, como ha dicho el propio González. He visto también expresiones de gran incredulidad. Algunos consideran que la progresiva judicialización de la política, algo bastante innegable, se ha notado en los temblores precedentes, en esos movimientos sísmicos que han agitado, y agitan, el suelo bajo Pedro Sánchez. Pero el auto reciente, sobre todo para la derecha, tiene algo de episodio final, de terremoto definitivo, y así se ha contado, con una narrativa ciertamente apocalíptica que imagina el final inexorable de una legislatura, a pesar de la probada resiliencia de Sánchez, que parece dispuesto a aguantar el oleaje, aunque llegue exhausto a la última playa.
Así que todo esto va de Zapatero, dicen, pero, en el fondo, como tampoco se ha negado, va de Sánchez, al que ven como última pieza del tablero. Nadie puede dudar, es cierto, que la importancia del expresidente del gobierno ha sido mucha en los últimos años del socialismo, o del sanchismo, si prefieren decirlo así. Nadie puede dudar sobre su implicación, desplegando gran energía en los procesos electorales (se le atribuye el último milagro, o casi: la victoria de Sánchez en circunstancias que ya eran difíciles), y su presencia constante en la vida pública, cada vez más activa, en lo nacional y en lo internacional, con una dedicación que algunos contemplaron prácticamente como heroica, resistiendo los olímpicos embates de un momento político extraordinariamente delicado.
Así que aquel presidente bajo cuyo mandato desapareció ETA, aquel presidente que, como él mismo reconoció, no supo ver bien la importancia de la gran crisis económica, que atravesó algunos desiertos tras la salida de Moncloa, fue capaz de reinventarse, quién sabe si como una venganza sorda contra los que lo habían denostado, incluso satirizado a veces, o simplemente por vocación, pues, como se dice, los animales políticos son así. Zapatero desplegó velas cercano a Sánchez, siempre positivo y nunca negativo, como decía el otro, y sin entrar en las polémicas de los que negaron al joven presidente el pan y la sal: visto desde fuera, se echó el partido a las espaldas y logró su remontada, o contribuyó decisivamente a ello. ¿Es ese uno de sus mayores pecados? De aquel ninguneo post monclovita, el leonés (aunque naciera en Valladolid) se convirtió pronto en una especie de gurú de la izquierda, un socialismo que apostaba por posturas incluso arriesgadas, que a buen seguro atraerían el lenguaje crudo de la oposición, como ha sucedido. Un tipo incómodo, o sea, que convencía a muchos. Se ha repetido hasta la saciedad ese conjunto de denominaciones que se ha aplicado siempre a su nueva figura emergente: faro político, faro moral, gran referente… Y, desde luego, todo envuelto en ese optimismo antropológico del que habló alguna vez, y que le daba buenos resultados.
Con todo esto, no extraña que, al aparecer investigado, se haya desatado un terremoto. La ‘pérdida’ de Zapatero, si eso es lo que finalmente ocurre, se parecería mucho a la pérdida de un padre aún joven y energético, cuya labor para la izquierda se ha juzgado imprescindible. Como si el suelo se abriera bajo los pies, este socialismo en dificultades, que sostiene la legislatura en medio de un oleaje formidable, descubre de súbito una gran orfandad. Un vacío extraño, inesperado para muchos. Por eso anhelan que nada se sustancie. Sería el nuevo regreso de ZP, de salir indemne. Aunque escucho que el daño ya está hecho, suceda lo que suceda, muchos creen que ese regreso sería de tal magnitud que auparía al socialismo herido de nuevo a los cielos electorales perdidos. Volver después de que lo den por muerto políticamente, esa sería la figura: como quien dibuja una nueva leyenda.
Estos son tiempos acelerados y poco profundos. Todo se mueve en el maniqueísmo y la rapidez absoluta. Todo se consume. Todo arde. Este es un tiempo de piras funerarias. Y es cierto que hay un aire fúnebre, una lista de seres queridos, vestidos de luto ideológico, que esperan ante los ataúdes del pensamiento. Muchos se han apresurado a depositar esas coronas ante lo que ven como un óbito político, dando por finalizada una época que, creen, tardará mucho en volver. Ignoro qué puede suceder (escucho opiniones muy dispares, con el auto y los informes en la mano: muy dispares), pero me niego a creer lo que he leído en ciertos medios, también de ideologías afines a ZP, o así, en los que se anuncia el entierro seguro de la izquierda y del progresismo. Puede que Zapatero fuera un faro generacional. Puede que fuera una columna que sostenía el edificio fieramente azotado por los vientos, pero el progresismo, la izquierda, incluso el socialismo (sanchista o quijotesco) no nacieron ayer, ni son etiquetas del momento, ni credenciales de última hora, sino movimientos filosóficos y sociales que vienen de muy atrás. No nos pongamos estupendos. No compremos relatos simplistas, maniqueos, elementales o primarios, como si fuéramos unos trumpistas de la vida.
Nadie está enterrando al progresismo. Ni Zapatero podría hacerlo, si fuera considerado culpable. Hay una especie de fiebre, nada disimulada, por sostener la idea de que la izquierda debe ser abolida, como causante de males infinitos. Es un latido global, fundamentado en Trump y sus adláteres, pero no sólo. Es un impulso que arriba a las costas de Europa, que también quiere provocar un terremoto en la única parte del planeta, o poco menos, donde aún se defiende con pasión el carácter profundo de las democracias. Con todos sus errores. Porque esa idea no tan subterránea, la idea de acabar con la izquierda, es finalmente la misma idea que propaga, pescando entre los grandes bancos de desafectos, el fin de la democracia.
Así que mucho ojo con los entierros. Y con los funerales. Veo pasar por las pantallas ese cortejo fúnebre, esa sensación de asomarse al abismo. El coro lacrimógeno admite que todo se ha precipitado, y que cada noticia es peor que la anterior. Ningún hombre es una isla, pero para algunos Sánchez se parece a eso. La última isla que se debe conquistar, porque ya no habrá nadie que la defienda. Y el tiempo pasará. Y caerá el olvido como la nieve.
Este instante arrebatado nos arrastra: no hay tiempo para pensar, sólo para actuar con rapidez mal disimulada, antes de que cualquier mirada compleja pueda poner en entredicho la dulce eficacia de la retórica de las redes sociales y la tormenta, y el tormento, de los titulares. El ‘asunto Zapatero’ se ha dibujado, desde sus rivales, como una batalla final. Como la caída del último bastión ideológico, antes de alcanzar el definitivo cuerpo a cuerpo con Sánchez. Nadie sabe qué va a suceder con el expresidente. Ni si Sánchez resistirá otra vez. Una democracia, sin embargo, siempre es pluralidad, nunca puede existir sin verdaderos contrapesos. A pesar del oleaje, no creo que se pueda enterrar el progresismo, salvo locura colectiva.