Tenemos mucha plancha con la política, y con el mundo distópico que nos está dejando Trump (si es que nos deja algo), pero en las redes y por ahí se va abriendo el debate en torno a la figura de David Uclés, el escritor, ya saben, el joven de Jándula, y uno se hace cruces, siendo más bien laico, de cómo la literatura empieza a acaparar el debate nacional, aunque también te digo que me alegro, ya puestos. Si hablamos de literatura no estaremos lanzándonos sintagmas olímpicamente a la cabeza, con ese vicio de la escalada que tenemos ahora, y que no se refiere a las aventuras de Calleja.
Hablar de literatura, sin Joaquin Soler Serrano, que entrevistaba autores a fondo durante una hora o más (hoy lo reventarían mediáticamente), incluso teniendo Página 2, en La Dos, claro, ese canal secreto que tanto mola, supone algo de atrevimiento, de provocación. Pero mejor esa provocación que la de Elon Musk, el chico rico al que se le subía el brazo en el atril, espasmódicamente, en los mítines de Trump. Pobre. Que a lo mejor sólo era gimnasia de mantenimiento, o sea. Hablar de literatura tiene el peligro de que te tachen de intelectual, o de dártelas de, que es aún peor, pudiendo andar echando espumarajos dialécticos por esa boquita y enfrentándose con la peña en plan muy iletrado y cavernícola (Trump está enfrentado con Harvard, el osado), esa dialéctica de matón de patio, que ataca al que va de listo con un par, muy a lo Torrente. Y no me refiero, por Dios, a Torrente Ballester. Lo digo por aclarar, no más, que hoy todo es niebla y confusión.
Pues resulta que se ha organizado una buena con la literatura, bueno, con Uclés. Demasiado joven para tantos honores, habrá pensado alguno. Y eso que Mary Shelley escribió ‘Frankenstein’ (ahí viene ya Guillermo del Toro) con dieciocho años. Le acusan de ser el perejil de todas las salsas, algo que estará bien visto no sólo en lo de Arguiñano, sino en las tertulias y los debates del corazón, o en esos descensos platónicos (de plató, me refiero) a la víscera, pero no en la literatura. Lo único que se perdona es la presunta borrachera de Arrabal en aquel programa de Dragó, que es lo más visto de la historia de la televisión, en tema literario, junto con la bronca de Umbral a la Milá, si, hombre, aquello de “es que yo vengo a hablar de mi libro”, en este caso sobrio total, pero ebrio de ira. Es una frase para la historia, pero tiene su lógica, porque hablar de tu libro, o del libro de otro, en televisión, es cada día más difícil. Salvo en lo de Óscar López que comentaba antes. Yo soy muy de Óscar López y de Carlos del Amor, o sea.
Se ha organizado un pollo, mayormente en redes, con el ascenso fulgurante de Uclés, que cada día aparece en un lugar de la península con alguna entrevista o cosa, premio, distinción, boina. Lo que sea. Ya se ha recorrido España varias veces, me lo dijo a mí (y a todos), porque somos muchos, por lo que veo, los que tuvimos la oportunidad de, etcétera. Ya hablé de esto en esta misma página. Por entonces Uclés era casi un desconocido, tocaba el acordeón en las calles de Compostela, llovía a dios. Él, muy jienense, pero muy norteño, apareció con el atuendo hípster ese que dicen: de músico de calle en días de invierno, la gorra, el gabán, la barba un poco desarreglada, los escasos años y la vida por delante nadando en los ojos. Voy, lo entrevisto, y me dice que estaba fascinado por haber conseguido por fin que se fijaran en ‘La península de las casas vacías’. Y ahora, superventas total.
Aquella mañana me dio una larguísima conversación: no fue tanto una entrevista, sino un intercambio de ideas, lo cual que yo iba un poco de maestro de nada, creyendo, como otros, que el joven necesitaba conocer y saber del mundo, aunque se hubiera marcado un volumen proteico sobre la historia amarga de España. Aún estaba estallando aquella mañana el éxito que ahora le rodea y le ciñe. Pero me pareció que se cernía, no como una tormenta, sino, pensé yo, como una fiesta. Hoy está claro que también como una tormenta, al ver las pullas que recibe y los encontronazos que revelan las redes y más allá. Demasiada exposición pública, puede ser. Pero qué quieres. Acaba de ganar el Nadal, lo cual también le ha valido reprimendas, por la oportunidad, por el momento, por el negocio editorial.
Así es la vida literaria. Lo que no pensaba es que todo se polarizaría también en torno a Uclés, por más que haya tomado decisiones políticas, o ideológicas, como lo de no ir a lo de Pérez-Reverte, el evento ese sobre la Guerra Civil. Pero sucede que todos tomamos decisiones políticas, porque todo ser humano es un ser político, salvo que seamos ligeros, o equidistantes, o bienquedas, o amiplínes, o unos melabufas y melasudas, o qué sé yo. A mí no me parecen mal los artistas comprometidos, como no me parece mal que los cineastas se pronuncien sobre los males de la guerra.
Ahora tienes que ser antiUclés o proUclés, sin término medio. Tienes que pronunciarte, tío. A mi me pareció un tipo estupendo, más allá de eso que dicen del personaje de diseño, de sus boinas de mucho o poco calado, de su gusto por el look bohemio, y que si patatín patatán. Bueno, ¿y qué? ¡Pues no está lleno el mundo artístico de modas y modelos, de ropajes de todo uso y condición! ¿Deberíamos ir como arietes contra Don Ramón María del Valle Inclán por su indumentaria, esa que en su último año (sí, el 36…) mostraba en el Café Derby de Compostela, hoy convertido en cervecería?
La exposición pública, que en este tiempo puede ser feroz, lleva a que un escritor sea juzgado más por su ropa y sus movidas, personales, políticas, domésticas, más por sus palabras volanderas, ya digo, que por su escrita, que debería ser el verdadero objeto de la cosa. ¿Es Uclés un individuo cuidadosamente diseñado para el éxito? ¡No sería el primero ni el último!
Arrabal, a quien adoro, es como un personaje de la tragicomedia, genial y maravilloso. ¡Y cogió aquella presunta cogorza en riguroso directo que santificó el programa, aunque Dragó le sacó partido a la performance! Yo es que miro más la obra que al autor. Y me escandalizo muy poco, casi nada. Soy de poco escandalizar, salvo con los intolerantes. Luego dígase lo que se quiera del realismo mágico, del que tampoco soy yo un furioso defensor, o de su juventud excelsa, la de Uclés, aunque tampoco sea tanta, y de sus supuestas declaraciones a humo de pajas, que algunos le atribuyen, a causa de esa nívea y feble atmósfera de los pocos años, que, insisto, tampoco son tan pocos. Conmigo fue humilde y parecía un tipo atravesado por la magia de las palabras. Creo que lo veré en unos días, y de nuevo surgirá todo esto, porque, en fin, ya no podemos vivir fuera de la tormenta.