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Ya no recuerdo su nombre

05/03/2022
 Actualizado a 05/03/2022
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«Nadie parecía darle importancia». «Me cansé de que me lo hicieran a mí hasta que empecé a hacerlo yo». «Me esperaban a la puerta del gimnasio, me empujaban para dentro y cuando no había nadie me daban collejas en la cabeza, lo contaba y no me hacían caso». «Marta, a Jose le persiguen corriendo al salir de clase». «No quiero salir al encerado, estoy harta de que se rían de mi». Lágrimas. No son meros estereotipos, sino insultantes certezas.

Sería sencillo escribir la columna de hoy enlazando hileras de palabras tristes que los alumnos expulsan de lo más hondo.

«Olvídalo, son cosas de chiquillos». «Si todos hemos pasado por eso». «Mejor no meterse, déjales a ellos que arreglen sus cosas». «Les hacemos blanditos». «Eso les prepara para la vida». «A esa niña mejor que no la invites a tu cumple, no me gusta su familia y además tiene piojos». Impotencia. Sensación de hastío.

«Eso les prepara para la vida». Quizá deberíamos hacer un esfuerzo para prepararles una vida mejor frenando tanta violencia o al menos drenando la que reciben. Pacificar siempre con gestos, actitudes firmes, caricias y por qué no, algún abrazo. Procurar transparencia dentro de los muros opacos donde los alumnos deberían venir a aprender a convivir pacíficamente con sus iguales, y no a esquivar todo tipo de dentelladas.

Sobra violencia en las aulas, en las casas, en nuestra sociedad. Y no me refiero solo a las agresiones físicas y verbales. La fría desafección es también una forma de crueldad y vemos mucha impasibilidad alrededor incluso en estos tiempos belicosos en que muchos confunden lo real con el videojuego. Según el último informe de la Unesco uno de cada tres estudiantes fueron víctimas de acoso escolar en 2019

Estos días se proyecta el filme ‘Un pequeño mundo’ traducido del título original en inglés ‘Playground’, que narra sucesos de patios de colegios. Esos espacios que a menudo albergan sutiles linchamientos morales y escenas vejatorias que pueden marcar al niño de por vida. La directora de esta producción belga, Laura Wandel, cuenta la historia desde la mirada de Nora, una niña recién llegada al colegio de Abel, su hermano mayor a quien sus compañeros ejercen un severo acoso. El guión tardó en escribirse más de cinco años durante los cuales la propia directora acudió a colegios hablando con profesores, niños y psicopedagogos.

Recuerdo a una muchacha menudita de segundo de ESO que nos contó su historia de vejaciones llorando, en medio de una clase de esas en las que los alumnos ponen su corazón en la mano para dejarlo latir a la intemperie. En sus ojos claros flotaba una niebla oscura. Después de escucharla solo nos salió darla un abrazo, varios de sus compañeros tomaron la iniciativa. Quizá, con este simple gesto pudimos, al menos, proyectar algo de luz sobre su pequeño mundo. Es triste, ya no recuerdo su nombre…
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