Vivimos rodeados de un entorno en el que los clásicos son supervivientes y el compromiso una proeza que sólo asumen unos pocos. Las canciones duran como mucho una estación. Lo mismo sucede con los libros, cuyas presentaciones iluminan un éxito efímero y burlón, pues son muy pocos los casos en los que su trascendencia aspire a extenderse más allá de una temporada. Series de televisión, modas, noticias. Todo se ha vuelto de usar y tirar, incluso el amor.
Parecería lógico este desengaño en personas maduras, hombres y mujeres que se han ido y han vuelto, decepción incluida, demasiadas veces. Sin embargo, son los jóvenes los protagonistas de este ‘decorado del desencanto’ que se ha instalado en la sociedad del siglo XXI. La mayoría afirman, en recientes estudios sociológicos, no creer en el amor. No confían en sus parejas porque hoy nadie parece dispuesto a ser fiel, nadie cree en nada que merezca la pena sostener a largo plazo. Huimos de todo aquello que no nos parezca rentable y nos negamos la posibilidad de sentirnos vulnerables, como si el desamor, la soledad o la tristeza no fueran sentimientos naturales y pudieran esconderse en el aparcamiento. Y si somos incapaces de comprometernos con una sola persona, de implicarnos en causas sociales ya ni hablamos. La vida se ha desnudado de profundidad. Sólo espero que el tango cumpla su profecía, pues’ el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar’. Llorar no es malo, es mucho mejor que envejecer solos, acompañados por un palo de selfie. Y recuerden, si el nuevo camino no nos convence, siempre podemos desandarlo y volver.
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