¿Y tú me lo preguntas?

06/12/2025
 Actualizado a 06/12/2025
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No son pocas ni poco etéreas las acepciones de la cultura, que, ya de ser, hasta puede ser el sinónimo de algún cultivo. La magnitud del término me concede la libertad osada de definirlo a mi manera; de aceptar de igual forma el significado que quiera darle cualquiera de todos los demás. 

Y la percibo como un concepto abstracto que provoca un escozor nocivo en las mentes cuadriculadas, escuadra y cartabón en mano, siempre dispuestas a cuadricular. Es una palabra viva y una definición abierta que rehúye sempiternamente de maniqueísmos, pues no la habitan buenos o malos; ni siquiera el todo o la nada. La habitamos cada uno de este «todos» y, al mismo tiempo, ese «todos» general. Más que habitarla, la construimos, por mucho que este gremio mío haya querido darle una significación limitada, reduciendo sus fronteras a unos pocos puntos cardinales –aunque reveladores–; como separando del tronco de ese árbol una copa frondosa henchida de ramas henchidas de flores que no pueden parar de florecer. 

Ni qué decir de la política. Desde allí arriba ya no la tienen en cuenta, si es que la tuvieron alguna vez. Hasta les resulta un útil parapeto para sus desaciertos y la sacan a relucir cuando les conviene. A veces, con forma de inversión millonaria –que nunca viene mal–, disfrazando quizá un acto de campaña algo traslúcido. O evadiendo hacer frente a un pueblo que padeció el asedio de unos fuegos que no sólo calcinaron sus montañas; que asediaron su cultura porque la cultura es tierra, montaña, costumbres, medios de vida e identidad. Otras veces son promesas de matices confusos sobre el futuro esplendoroso de un teatro que tiene todo el pasado del mundo; al que lo que le falta es el presente, nadie sabe muy bien por qué. También pueden ser concursos literarios convocados por gerencias regionales que no quieren entrar en detalles sobre la falta de profesionales médicos en AtenciónPrimaria. Ni sobre su cupo desorbitado de pacientes. Ni sobre su desgaste ni sobre su desazón.

Ignoran desde lo alto que la cultura que enarbolan no se fragua en los despachos; que la hace ese pueblo asediado y poco escuchado. La hacen las conversaciones en las salas de espera de cualquier centro de salud y las de los vagones de aquel tren que un día dejó de llegar. La hacen los recuerdos de las reacciones alumbradas en el paraíso del Emperador. Y las manos de aquellos niños que se salpicaban el agua de la fuente de Neptuno que un día estuvo ante la Catedral, bajo esas vidrieras que no se dejan de restaurar nunca. Porque al pueblo lo hace la cultura, igual que a ella la hace su pueblo y no una concejalía, una consejería o un ministerio.

Así que, ¿qué es la cultura? ¿Y tú me lo preguntas? La cultura eres tú.

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