Que más de 2.200 kilómetros cuadrados de la provincia de León estén en riesgo de desertificación no es una advertencia teórica ni un escenario a largo plazo. Es un diagnóstico preciso que obliga a repensar la relación con el territorio y la forma en la que se gestiona. Una séptima parte de la superficie provincial se enfrenta ya a un proceso de degradación que compromete el suelo, el agua y, con ello, el futuro de la agricultura y del medio rural. El foco se sitúa en el cuadrante suroriental, una zona especialmente vulnerable donde la pérdida de suelo fértil avanza de manera silenciosa. No se trata solo de un problema ambiental, sino de una amenaza directa a la economía local y a la capacidad de fijar población. Sin tierra productiva no hay actividad, y sin actividad el abandono se acelera, cerrando un círculo difícil de revertir. Es cierto que León aparece mejor posicionada que otras provincias españolas, algunas de ellas ya en una situación crítica. Pero esa comparación no puede servir de consuelo ni de excusa para la inacción. Los incendios forestales, la presión sobre los recursos hídricos y la falta de gestión activa del territorio actúan como aceleradores de un proceso que no entiende de límites administrativos. La desertificación es una crisis lenta, pero constante. Ignorarla hoy es hipotecar el mañana. Actuar con planificación, prevención y visión a largo plazo no es una opción ideológica ni un lujo ambiental: es una necesidad estratégica para garantizar el futuro del territorio leonés.
¿Y si la tierra se agota?
07/01/2026
Actualizado a
07/01/2026
Comentarios
Guardar
Lo más leído