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¿Y nosotros? Hombres que aprenden a parar y a cuidarse sin culpa

28/02/2026
 Actualizado a 28/02/2026
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Durante mucho tiempo, a los hombres se les dijo que debían ser fuertes, incansables, duros. Que descansar era flojera, que llorar era debilidad, que cuidarse era cosa de mujeres. Así crecieron generaciones enteras, educadas para no sentir, para no parar, para vivir como si el cuerpo y el alma fueran máquinas sin descanso.

Pero ese mandato tiene un precio: enfermedades silenciadas, soledades ocultas, violencias acumuladas. Un precio que no solo pagan ellos, sino también las mujeres y las familias que les rodean.

El feminismo también habla de esto. De la posibilidad de que los hombres suelten la coraza y aprendan a cuidarse sin culpa. Que puedan ir al médico a tiempo, pedir ayuda psicológica, compartir tareas domésticas no como una obligación, sino como una forma de cuidar(se). Que puedan descansar sin sentir que están fallando a nadie.

En los pueblos lo vemos claro: todavía resuena la imagen del abuelo que nunca se sentaba, del padre que no se permitía un día malo. Y, al mismo tiempo, de las mujeres que cargaban con lo propio y con lo ajeno. Romper con esa herencia también es igualdad: porque si ellos se cuidan, si paran, si se escuchan, la vida se reparte mejor para todas y todos.

No se trata de volverlos «menos hombres», sino de abrirles la puerta a ser personas enteras. Hombres que cocinan, que juegan con sus hijos, que hablan de lo que sienten, que saben que pedir ayuda no los hace débiles, sino humanos.

La igualdad no avanza solo cuando las mujeres conquistamos derechos, sino también cuando los hombres se liberan de sus cadenas. Y una de esas cadenas es la culpa por cuidarse.

Aprender a parar, a escucharse, a quererse. Esa también es una revolución.

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