El 8 de marzo es un día de fuerza colectiva: calles llenas, pancartas, voces que se suman. Ese día nos vemos y nos reconocemos, sentimos que no estamos solas. Pero cuando se apagan los megáfonos y guardamos las pancartas, empieza la pregunta incómoda: ¿y después del 8M qué?
El feminismo no se mide solo en la manifestación de un día, sino en la manera en que vivimos las 24 horas del resto del año. Está en cómo repartimos las tareas en casa, en cómo educamos a nuestros hijos e hijas, en cómo respondemos a un chiste machista en el trabajo, en cómo acompañamos a una amiga que atraviesa una relación desigual.
Feminismo de cada día es revisar los pequeños gestos: ¿Quién recoge la mesa? ¿Quién coge la baja cuando un hijo enferma? ¿Quién interrumpe más en una conversación? Ahí, en lo cotidiano, es donde la igualdad avanza o retrocede.
También es feminismo de cada día el lenguaje que usamos, la forma en que hablamos de nosotras mismas, el modo en que apoyamos a otras mujeres en lugar de competir. Es la sororidad hecha carne, no en consignas, sino en actos: recomendar a una colega para un trabajo, defender a una compañera frente a un comentario despectivo, celebrar sus logros como propios.
Después del 8M, el reto es no dejar que la llama se apague. Seguir leyendo, debatiendo, cuestionándonos, incluso cuando no hay multitudes alrededor. Incluir a los hombres en esa conversación, para que entiendan que la igualdad no es una concesión, sino una mejora común.
El 8 de marzo es necesario, pero insuficiente. El feminismo que cambia vidas es el que se practica cada día: en las casas, en las aulas, en las plazas y también en lo invisible. Porque la verdadera revolución no es marchar una vez al año, sino vivir de manera que no tengamos que justificar nunca más por qué seguimos marchando.