Ahora que se aleja este mes de desgana, siempre envuelto en brumas de muerte. Este noviembre ratero que cada día se lleva unos cuantos ratos de sol. Que porta una oscuridad que cada nueva jornada disfruta al deportarnos a nuestras madrigueras para entregarnos a la prisión ¿luminosa? de nuestros dispositivos digitales. Algunos de los nuestros, desde bien chiquititos, casi balbuceantes, son abducidos por su fascinación . Devotos al hechizo cautivador de la imagen.
Se comentaba entre un grupo de profesoras durante un encuentro de responsables de convivencia escolar que recientemente mantuvimos impulsado por la Dirección Provincial de Educación. Desde bien pequeños generamos en ellos mentes saltamontes que revolotean de una aplicación a otra secuestrados por el sesgo de la novedad. Fascinados por la evanescencia que captura sus sentidos y les aísla de su entorno.
«Pero los padres, en las reuniones que convocamos para hablarles de sus hijos también se pasan el tiempo mirando el móvil. Entonces ¿qué quieres?».
Frente a estos males la profesora, experta en dislexia, Maryanne Wolf en su ensayo ‘ Lector vuelve a casa’ sobre cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas, nos propone pasar tiempo con ellos leyendo, porque «leer es un acto de contemplación, un acto de resistencia». Como unir las cabecitas sobre la almohada en mirada tranquilizadora sobre letras conjuradas para narrar esa historia que siempre te pide, la misma que se repite una y otra vez. Ritual redentor. Porque, como asegura el filósofo coreano, Byung- Chul Han, «“las repeticiones dan estabilidad a la vida. Su rasgo esencial es su capacidad para instalarnos en el hogar».
Wolf nos propone alejarnos del «salvaje oeste de las aplicaciones» y convertir la estancia del niño en su habitación, que es el lugar «donde sucede», en momentos cálidos e inolvidables de encuentro para él con ese miembro de la familia que le regala tiempo para la confidencia. Porque las palabras convocan el recuerdo olvidado de la infancia, o simplemente recrean el reciente instante en que juntos contemplarais el encendido navideño que, al menos en León, ya ha acontecido.
Porque es en esa complicidad lectora, donde se gestan las cosechas invisibles que luego le darán soporte, en momentos de alejamiento o dificultad. El tiempo que les entregues.
¿Así que por qué no volver al refugio de la palabra que cuenta, escondida, entre las páginas de papel de un libro? Y mejor antes de que vuelva a sorprenderte la Navidad, que ya está llamando a la puerta de casa.