Estarán de acuerdo conmigo en que la lluvia, cuando cae mansa como una leona con el estómago lleno, es uno de los espectáculos más preciosos de la vida. Qué tendrá el agua que siempre que nos transita nunca nos deja indiferentes. Qué licencia le permite correr cristal arriba, descomponer la luz o inflamar cualquier anhelo hasta convertirlo en una epifanía. Qué tendrá que tan pronto se hace carne, como roca, como pétalo de flor.
La médica Josefa Castañera Castañona había cursado sus estudios en la Facultad de Medicina de la UCM, donde había sido expelido su título de licenciada en medicina con nota suficiente para hacer la especialidad en dermatología; era una tipa lista. Sin entrar en detalles, no tardó en ser pluriempleada y, tan pronto ejercía aquí, como acullá, el noble arte de curar las enfermedades de la piel. En estas estaba Josefa Castañera, comenzando a labrarse un lucrativo futuro, por el mes de marzo, cuando Eme recaló en su consulta con un lunar en la espalda, feo feo ¡de narices! Veamos, dijo la doctora Castañera y Eme, rápidamente, se quitó la camiseta. Déjeme la lupa, le dijo a su asistente, vaya, vaya, esto es feo, pero no es feo, no le voy a decir que pasemos a mayores por culpa de él, ni todo lo contario, porque entonces le estaría mintiendo, puesto que a ciencia cierta nada sé. Voy a tomar una muestra y, tras analizarla, sabremos a qué atenernos, aunque ya le digo que bonito no es… Vuelva usted la próxima semana.
El hecho de que Josefa Castañera abriera la puerta a pasar a mayores dejó a Eme preocupada, así que contó las horas, minutos y segundos hasta que llegó el momento de la nueva consulta. Pues, fíjese qué le digo: nada es concluyente, así que tenemos que ponernos en que bonito no es, pero feo tampoco tiene porque ser. Le vamos a preguntar al patólogo que, precisamente, conocí en el último año de carrera y tiene toda mi confianza. ¿Pero no ha emitido ya un informe? preguntó Eme extrañada. Sí pero no, contestó Josefa, digo sí por decirle algo, aunque el caso es que yo no lo tengo; pero no se preocupe, si, efectivamente, fuera feo aun contamos con tiempo, no mucho más, pero algo nos sobra, déjelo en mis manos y vuelva usted la próxima semana.
Eme volvió a contar los días y, aunque no es recomendable, se iba haciendo a la idea del peor de los casos para no pecar de ingenua o como se llame el pecado de no querer ni ver la posibilidad de un escenario así. Y llegó el día. Cuando entró en la consulta, Castañona no estaba y en su lugar había otra persona que no tenía ni idea de lo que Eme le estaba contando. No puedo hacer nada por usted, señora, mi consejo es que se lo tome con calma y vuelva, sin falta, la próxima semana, que ya estará aquí Doña Josefa Castañera Castañona y le dirá cómo proceder.
Les parecerá imposible, pero lo cierto es que, a la semana siguiente, el patólogo ya había aparecido, pero lo que no aparecía era el informe y, a la siguiente semana, se sugirió coger otra muestra, aunque no tenían muy claro de dónde dado que el lunar ya no estaba. Y a la siguiente semana, se convocó a una tercera persona para que diera su opinión pero a la semana siguiente, lo que no mejoró en nada la situación porque, si ya es difícil conciliar a dos, qué puedo decirles cuando se trata de tres. Cuando no estaba la una, faltaba el otro, cuando estaban los tres reñían y disolvían la reunión hasta la próxima semana, cuando se centraban en asumir su responsabilidad y tomar decisiones, no aparecía el informe y, si aparecía, no estaba claro si era de la primera muestra o de la segunda, para concluir que mejor era hablarlo la próxima semana.
Se cansó Eme de tanta monserga, un buen día como hoy, otoñal y lluvioso y, tras entrar en la consulta y antes de que Josefa empezara a hablar, le soltó tres frescas bien frescas y se despidió con un portazo, sin desearle, siquiera, Feliz Navidad. Estaba harta y desesperada.
Y aquí no acabó la historia. Les cuento: Eme, tirando de ahorros, pidió cita en la mejor consulta de dermatología de la ciudad, ¡para resolver sus dudas y dejarse de ver con un pie en la tumba! Y, cuando le abrieron la puerta, se encontró con la señora doctora doña Josefa Castañera Castañona allí sentada, bata blanca en ristre, sustituyendo al titular del negocio, ausente por motivos de fuerza mayor. Igual no me creen y, si me creen, entrarán en shock, en pánico, serán pasto de la ira o de la risa y saldrán corriendo avenida de San Marcos arriba, como le pasó a ella, y no pararán hasta llegar a la otra punta de León.