Estos días en nuestro país la visita del Papa León XIV copa la actualidad informativa. Al margen de las ideas políticas y religiosas de cada uno, todas ellas válidas y respetables, resulta innegable que se trata de una figura de enorme relevancia. Cualquier cosa que diga o haga durante este viaje es susceptible de convertirse en noticia y en chispa para provocar un incendio en forma de polémica. Algunas de sus palabras, desde luego, no van a resultar indiferentes. Ya se han convertido en titulares que, como la lluvia, no van a ser del agrado de todos por muy necesarias que sean.
Aunque en nuestra sociedad actual parece que cualquier nimiedad tiene la capacidad de generar una discusión. Si nos tienen divididos cuestiones como la simple elección de la tortilla con o sin cebolla, más o menos hecha, cómo vamos a ponernos de acuerdo en temas más serios y profundos. Pura utopía.
El auténtico problema llega cuando las discrepancias no sirven para crear sino para destruir. Y cuando el respeto queda relegado al fondo del cajón o tapado por una montaña de egoísmos, intereses y actitudes de “quítate tú para ponerme yo”.
Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano. Esta es una de las frases dichas por León XIV que tal vez a más de uno se le haga bola.
Hay un refrán popular que dice que quien se pica, ajos come.
Además, se trata de una reflexión extrapolable a diversas situaciones. Migrantes, personas vulnerables, colectivos que luchan por tener un trabajo o una vida digna…
Todos somos seres humanos y merecemos ser tratados como tales, no como meros números o instrumentos que solo importan cuando son rentables o útiles para mantener el poder. Sobra hipocresía y falta voluntad real de arreglar lo que no funciona para la mayoría de los mortales, porque hay quien se beneficia de que continúe así.
Cuando la tortilla lleva cuajándose en la sartén al fuego demasiado tiempo, empieza a oler a quemado y hay que darle la vuelta antes de que se convierta en cenizas.