Era difícil no defender la necesidad de un cambio en el banquillo de la Cultural, pero a muchos de los que todavía tuvieran dudas (me refiero a aficionados de verdad, no a aquellos que sólo lo defendían por sus intereses particulares o porque les valía para atacar al club) probablemente se les hubieran despejado de saber que el sustituto era Rubén de la Barrera.
De la era de Ziganda nos quedará un comienzo un sensacional, unas semanas donde llegó a soñar hasta con el ‘playoff’ y un tramo final donde todo se le cayó por completo. El sistema que funcionaba a las mil maravillas cuando iba rodado se fue al traste cuando la situación obligó a cambios que nunca llegaron, inmerso en un inmovilismo y ausencia de variaciones que hacían difícil salir de esa racha de 10 partidos sin ganar y 4 puntos de 30 posibles que prácticamente ningún entrenador puede aguantar sin ser cesado.
Con el pero de que el cese debía haber llegado dos o tres semanas antes (llegó un momento en el que con gran parte de la plantilla habiendo perdido la confianza en él no tocar nada era sinónimo de descenso), que el partido de Leganés fuera el mejor de los últimos no quita para que con su manejo del mismo se hubiese antojado una temeridad no hacer el relevo.
Y ahí, la vuelta de Rubén de la Barrera es gasolina para el romanticismo culturalista, pues muchos de nosotros no hemos visto nunca en nuestras vidas jugar mejor a una Cultural que a aquella que logró el penúltimo ascenso a Segunda División con él al frente.
Cómo sería para que, pese al descenso de Segunda también con Rubén a los mandos (por golaveraje en la última jornada, que dada la dificultad que implica para un recién ascendido mantenerse puede pasar), un gran número de aficionados deseara durante los últimos años un regreso que, tras varios intentos fallidos, llega ahora por fin.
No es fácil atreverse a coger al equipo en esta situación complicada, donde puede acabar de héroe con la salvación o de villano con un segundo descenso. Y Rubén lo ha hecho. Y sólo por eso, merece el margen de confianza de aquellos que tengan dudas, las cuales son por supuesto razonables.
Puede que el equipo no sea el mejor para su estilo, pero también él ha sabido adaptarse y el Albacete al que subió a Segunda no jugaba tampoco como su Cultural. Desde luego, el impulso anímico lo ha dado, a equipo y afición. Y seguro que va a haber jugadores que con él parezcan mejores.
Por cierto, para bien o para mal, porque hay que ver el resultado para saber si es acierto o error, es decisión 100% de Manzanera, no se traguen películas como la que el día de su contratación se vendió con un Óscar Gilsanz que se ofreció y ni se valoró, pero se ganó su dosis de repercusión que bien le vendrá para colocarse mejor en su siguiente equipo.