Aunque el año comienza oficialmente el uno de enero, en realidad para muchas personas comienza en septiembre, especialmente en el campo de la enseñanza, tanto para los profesores como para los alumnos. La educación, junto con la sanidad, supone uno de los mayores gastos del Estado y de las comunidades autónomas. Aparentemente se diría que es poco rentable, pero es sin duda el más rentable cuando se consigue una formación integral de las personas.
Quienes hemos pasado toda la vida asistiendo a clase, primero como alumnos y después como profesores, constatamos que los cambios que se han producido son tan enormes que resulta difícil hacernos una idea de lo que será el futuro de la enseñanza y de la humanidad. Precisamente ahora mismo, cuando había comenzado a escribir estas líneas, recibo por ‘WhatsApp’ la foto de mi sobrina Mencía, preciosa y emocionada, en su primer día de escuela infantil. Es inimaginable lo que deparará el futuro escolar de ella y de los actuales estudiantes… La diferencia entre los medios con que hoy cuentan y los que nosotros teníamos es abismal. Los nuestros eran libros, cuadernos y lápiz, pluma o bolígrafo para escribir. Ah! Y, al principio, una pizarra de piedra con su correspondiente pizarrín, que se borraba con saliva. Nada de calculadoras ni ordenadores, ni tablets, ni teléfonos móviles, ni fotocopiadoras, ni impresoras… Los exámenes de fin de curso eran orales, de toda la materia, ante un tribunal. Personalmente no reniego de todo aquello y, además, no hemos tenido problema en llegar a manejar según iban apareciendo, las nuevas tecnologías, que bien utilizadas y partiendo de la buena base que teníamos, nos permiten hacer maravillas.
El problema ahora está en si, con tantos medios, se consigue esa formación integral. Los que trabajan en la docencia saben muy bien los quebraderos de cabeza que da actualmente la elaboración de las programaciones y las evaluaciones. ¿De veras hace falta tanta complicación, tanto lenguaje sofisticado, para hacer de los alumnos personas más cultas y mejores? Es encomiable la docilidad con que los profesores aceptan toda esa normativa de laboratorio, pero ellos mismos están que trinan, aunque nadie se atreve a quejarse. Por otra parte, se quejan de que cada vez es más difícil y agotadora su labor con las nuevas generaciones. La enseñanza es la base del futuro, pero tal vez algo debería cambiar… Las últimas leyes de educación, la actual aprobada con nocturnidad y alevosía en plena pandemia, son francamente mejorables.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.