En ‘El oficio de narrar’, coordinado por Marina Mayoral, varios novelistas –José María Merino, Soledad Puértolas, Eduardo Mendoza…– analizan cómo escriben. Entre ellos, Luis Mateo Díez que reflexiona sobre el empleo del diálogo en sus novelas. Lo hace por gusto, por goce, por la confianza que le procura, porque entiende que el «diálogo comunica, acaso mejor que nada, la tensión viva de lo que sucede en lo que se cuenta y establece, además, ya que hablando se entiende la gente, el mejor y más natural cauce para la relación de los personajes, con la evidencia de lo que dicen». Sus novelas –‘La fuente de la edad’, ‘Las estaciones provinciales’…– son muy habitadas, no suele haber un personaje-protagonista sino un protagonista colectivo y «cobran más relieve e importancia las voces de mis personajes que la mía, que mi voz de narrador».
Que cada personaje tenga su autonomía, sea dueño de sí mismo –«de ellos solo sé aquello que ellos mismos hacen y cuentan (…) con respeto para no perturbarlos ni manipularlos»– se refleja fundamentalmente en el diálogo como «técnica expresiva más adecuada para la libertad e independencia de mis personajes». Intenta que los diálogos y la voz narrativa se coordinen y compensen, sin excesos, para «que las voces expresen lo necesario y se integren sin desbordar el ritmo de la acción».
Diálogos medidos y precisos orientados en tres direcciones para que sean útiles y significativos: «como forma para el conocimiento de cada personaje, de las relaciones establecidas y, con ellas, de la vivencia de los conflictos que nutren la historia, y como forma de desarrollo de esta, pues el diálogo siempre ha de servir al progreso de la misma». Un diálogo que nunca es inicuo, innecesario, que siempre aporta algo al conocimiento de las voces que lo sostienen y que nunca es ajeno a la acción que se produce.
¿Cómo buscar la voz a sus personajes, cómo individualizar esas voces, y además, compaginarlas con la narrativa, cómo hablan, dónde está el secreto de la credibilidad de unas voces que se transmiten para ser leídas?: «Las voces (…) son verdaderas si son creíbles (…) cualquier voz escrita, dialogante, debe de algún modo sonar a hablada, yo diría mejor que tiene que resonar, que aun modulándose con un fraseo estrictamente literario (…) debe conservar un punto de resonancia coloquial: esa delgada viveza que subyace en lo que se dice, en lo que se escucha». Es lo que intenta cuando escribe diálogos. «Lo cierto es que yo aprendí a escribir, a crear mundos imaginarios, escuchando».