Desde hace ya algún tiempo, en nuestro país, ante cualquier asunto se organiza un folclore antológico donde no pocos personajes y partidos políticos quedan retratados. El penúltimo ejemplo, no digo último porque mientras estoy escribiendo esta columna estoy seguro de que ya habrá irrumpido otro de estos espectáculos en nuestras vidas, ha sido con la bautizada como «ley de nietos».
Sé que es difícil abstraerse del ruido generado y no caer en la tentación de empezar a dar mandobles sin cesar y, entre otras cosas, denunciar cómo la hemeroteca ha dejado patente la hipocresía del PP. Pero, dicho lo anterior, vamos a alejarnos de la jauría política y centrarnos en algunos aspectos de la nacionalización para descendientes de quienes, por motivos políticos o económicos, tuvieron que abandonar nuestro país. Esa gente no tuvo ninguna culpa de que sus familiares tuvieran que dejar atrás su tierra para empezar una nueva vida. Por eso estoy a favor de que esas personas, si así lo desean, puedan conseguir la nacionalidad. Pero, ojo, otorgar una nacionalidad no es igual que dar el carnet de la Asociación de Amigos de las Avutardas Leonesas. El Estado debe asegurar que los requisitos que se exijan sean lógicos y que se cumplan todos ellos, evitando así cualquier tipo de nacionalización fraudulenta.
Eso sí, lo que debemos plantearnos como sociedad es si es razonable que una persona que no ha pisado España en sus 60 años de vida pueda incidir directamente en el futuro político del país. Entiendo que la democracia debería basarse en que una persona vaya a las urnas y, según cómo valore lo hecho por los gobernantes, deposite su voto. Entonces me surge la duda de en qué se basará, por ejemplo, un nieto de un español que vive en Argentina cuando vaya a votar en las elecciones de España. ¿Lo hará basándose en lo que, de manera distorsionada, le llegue por redes sociales o medios de comunicación locales? ¿O quizá, si es un acérrimo seguidor de Milei, votará a la derecha española sin saber si esta tiene un programa político bueno para el país? ¿O a la inversa, y si no traga al de la motosierra votará a la izquierda, independientemente de quién se presente?
Sé que más de uno me contestaría diciendo que conocer de primera mano lo que está ocurriendo tampoco garantiza una elección de voto basada en la lógica y el interés general. No hay más que tirar de hemeroteca y ver algunos resultados de las últimas elecciones locales, autonómicas y nacionales. Lo sé, es mejor vivir en una democracia imperfecta que en una dictadura, pero me niego a aceptar que en una democracia todo vale.