Durante la pandemia, mucha gente redescubrió los pequeños pueblos como un lugar posible –y deseable– para vivir. El aire puro, el silencio, el tiempo recuperado y una calidad de vida más humana empujaron un retorno que desmintió la idea de que el progreso solo habita en las grandes ciudades. Aquella tendencia no fue una moda pasajera: fue una señal. Hoy, cuando ese impulso corre el riesgo de diluirse, conviene recordarlo, especialmente tras declaraciones como las de Elon Musk, que plantea la España Vaciada como un gran enclave energético al servicio de Europa. Convertir territorios vivos en meras infraestructuras productivas es una mirada incompleta, que ignora a quienes han vuelto –o resistido– para mantenerlos habitados. Los pueblos no son espacios vacíos a optimizar, sino comunidades con futuro. Apostar por energías limpias es imprescindible, pero no puede hacerse a costa de borrar la vida rural ni de repetir viejos esquemas extractivos. La verdadera modernidad pasa por equilibrar desarrollo, sostenibilidad y arraigo. Porque repoblar no es ocupar: es cuidar, vivir y construir.
Volver al pueblo no es retroceder
26/01/2026
Actualizado a
26/01/2026
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