Alfredo Fuertes 3

Volver de León

17/08/2026
 Actualizado a 17/08/2026
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No sé si lo dijo algún ilustre cliente tabernario, al salir a trompicones de la tasca con el ceño fruncido y la mirada vidriosa, merced a alcohólicos y filosóficos pensamientos: «Partir es morir un poco», no lo sé. Pero es triste decir adiós a un pueblo, ciudad o tierra amada, León en mi caso, después de unos días de dicha contenida, es que desgarra una parte del alma, puesto que la felicidad solo sirve para ser recordada, sino no tiene ningún sentido.

No sé si lo dijo algún ilustre cliente tabernario, al salir a trompicones de la tasca con el ceño fruncido y la mirada vidriosa, merced a alcohólicos y filosóficos pensamientos: «Partir es morir un poco», no lo sé. Pero es triste decir adiós a un pueblo, ciudad o tierra amada, León en mi caso, después de unos días de dicha contenida, es que desgarra una parte del alma, puesto que la felicidad solo sirve para ser recordada, sino no tiene ningún sentido.

No es un simple cambio de coordenadas geográficas, no, es el cierre abrupto de un capítulo vital que ocurre al alejarse de esas calles y caminos escenarios de charlas, risas, confesiones y paseos compartidos donde evocas la última mirada al horizonte cercano en una mezcla de gratitud y dolor profundo, mientras la añoranza se instala en el epicentro de tu mente.

Y es ahí cuando aparece el peso de la nostalgia por el olor tan peculiar de esa tasca donde tomaste ese «vinín», eso sí, con «tapina», donde viste posarse la luz crepuscular sobre los edificios y el eco de las voces amigas, así como el temor a olvidar los mínimos detalles que hicieron de aquel lugar tu propio hogar.

Despedirse con melancolía demuestra que la tierra cumplió su promesa, que nos transformó, al ver que el territorio se queda atrás y que su esencia permanecerá grabada como una cicatriz dentro de la retina.

Y ya son inolvidables las charlas y excelsas viandas compartidas con Toño & Marta, en San Emiliano, La Cueta, Picos Blancos, obra de doña Estrella Morán, o con unos callos, «light», en «Casa Efren», en Villacesino, o copichuelas en el Ubiña, con Luci, la visita a Nati en la Casona o el café mañanero en Robles de Laciana con Delmiro.

No puedo, ni quiero, olvidarme que hoy es San Roquín, el pequeño de los San Roque, patrono de los mechenderos, Abelgas. ¡Viva San Roque!

Lo dijo el general MacArthur: «Me voy, pero… volveré». Salud.

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