Porque son esos tesoros intangibles, –la belleza que brinda la naturaleza, la joya que es un amigo, una amiga, una amistad (ni amiguete ni amiguismo); una conversación enriquecedora; el aire limpio, las luces y sombras de un bosque, el hablar de unos hórreos ancestrales, la música antigua y popular, la callada solidaridad, la comunal ‘cendera’, algunas tradiciones (quién me lo iba a decir a mí); la sana alegría del común de una aldea, la consciencia de las pequeñas cosas, la conciencia de su valor; el regalo, don, de una buena acogida; el tiempo y el cariño dedicado a hacer un bastón de sauce rizado, retorcido como un ‘porraco’, que te regala un hombre, una larga vida, un amigo, Julio, nacido de una emoción común, el entonar ‘La mina y el mar’; la lectura, un lento paseo en soledad, la lágrima o la sonrisa que produce un recuerdo, una buena, aun dolorida, memoria– los que te susurran «a qué volver».
Volver para ver, para creer, para bienquerer lo mejor de la humanidad a donde has conocido diluvio universal y paraíso, donde has sido acogido como si fueras un nuevo amigo de toda la vida, que diría el gran, bueno y buen Antonio Merayo. Volver a Felechas, como mínimo, cada primer sábado de agosto, porque es volver al humano Paraíso, a Paraíso Felechas.
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