En ocasiones, en muchas ocasiones, oyes voces, escuchas muchas voces. Una voz agresiva y no deseada de alguien que te ofrece un maravilloso préstamo, un contrato, un chollo, un seguro, incluso trabajo y dinero fácil. Ah, y que a mayores te riñe por no aceptar esa gran oportunidad. Te llaman quizá con acento sudamericano (a saber dónde tendrán su centro de operaciones, si es que existe) a las horas más inoportunas, y te dicen que esa conversación está siendo grabada por motivos de seguridad, ¿seguridad de qué, de quién, mandaste tú que te llamasen? Y sientes impotencia, sientes indefensión, no puedes evitar que te sigan acosando cada día, que se rían de ti, que te enfaden y molesten sin autorización previa ninguna e interrumpan tu descanso o tu intimidad. Aunque no sea una estafa, da igual: es una persecución. Si no contestas y los bloqueas, te llegarán reiterados mensajes en forma de SMS o wassap. ¿Por qué lo denominamos `spam´ telefónico cuando queremos decir mierda, basura, delincuencia consentida? ¿para qué sirven la Agencia de Protección de Datos, la lista Robinson y todas esas pamplinas?
Otra voz enlatada de un contestador, una máquina que te va guiando como si fueses tontito, pulse uno, marque dos, diga su fecha de nacimiento… y te lleva al destino que no es otro que escuchar mucho rato el empalagoso piano de ‘richarclaiderman´. Pero resulta que el tonto tiene que ser muy listo y hábil para seguir los pasos sin bloquearse, sin perderse en el proceso o sin cortarse las venas. Y tiene que ser muy joven porque una persona mayor es incapaz de contactar. Es un procedimiento endiablado, inoperativo y deshumanizador. Y que encima genera desempleo. Resulta que ahora que casi todo es prohibir, lo que se debería prohibir cuanto antes ahí sigue. Debería estar ilegalizado un discriminador de llamadas: que si marca uno, que si di sí, que si los güevos… No es de recibo. Si un gobierno quiere hacer algo por sus administrados, nada de regular sino erradicar esa práctica irrespetuosa.
Olvídate ya del cara a cara y el contacto directo: tienes que oír voces. Entras en un organismo, dependencia u oficina pública, no hay usuarios en ese momento, te acercas al mostrador para que te atiendan y no pueden hacerlo porque no has pedido cita antes; debes alejarte un poco o salir fuera, llamar por teléfono y volver a entrar para (entonces sí) ser atendido. Pero ¿qué es esto, qué mundo habitamos, estamos tontos o qué? Vivimos en el absurdo. Hasta que no recuperemos la racionalidad no habrá futuro. Son situaciones surrealistas, consentidas por gobiernos maniatados por grandes empresas de telecomunicación, entidades bancarias, agencias de seguros… Inadmisible que un gobierno no reaccione y controle estas prácticas empresariales semi-delictivas. ¿Avances y nuevas tecnologías?
Ni mucho menos, eso no es un adelanto de nada, es un paso atrás en toda regla. A no ser que se trate de innovadoras terapias de Asuntos Sociales para aliviar nuestra soledad y no lo sepamos. Entonces me callo.