Cuando el día comienza, Maikel, el muchacho colombiano que se vino a vivir acá hace un par de años con el fin de prosperar algo, mira al cielo. Si es diáfano tocará sacar los sombreros de paja de ala ancha decorados con un coqueto lazo. Si las nubes amenazan lluvia, paraguas de mano y ponchos multicolores.
A pocos metros, Ciara, intenta sobreponerse de su hastío diario mientras cuelga sus máscaras: las de plástico, las de porcelana, las de cuero… piensa que acaso sean lo mismo unas que otras, pese al precio. Pasan tan rápido que nada aprecian. Absorbidos en sus móviles feroces.
La rescata de la ráfaga pesimista el saludo matutino de Almudena, la catalana, que camina hacia el mercado central, donde trabaja desde hace seis años. Vino a esta ciudad renacentista tras terminar sus estudios de Arte, pero de momento el único arte que ha conseguido es el de sortear las embestidas de los turistas que diariamente invaden su espacio apremiándola con su insufrible afán de felicidad.
Sobre uno de los cientos de puentes que atraviesan el canal, Habib, empuja un pesado carro que todos los días sube cientos de escalones para aliviar a los turistas que vienen portando sus pertenencias, unos brazos fornidos y la espalda encorvada acusan su extenuación. Llueve. Al cruzar la calle un interminable Mercedes más brillante que la piel de una orca, invade el paso de cebra sin percatarse de que el hombre cobrizo, empapado por la lluvia intenta cruzar la carretera. A punto está de arrollarlo.
Por doquier los puestos se llenan de ofertas: mercancías, dibujos, puestos de comida, restaurantes…ríos humanos…
Y al oscurecer... una mujer de piel oscura, sentada, sostiene la cabeza sobre unas manos de largos dedos que coronan unos brazos anclados en sus muslos. Permanece semioculta, tras metros interminables de ropa que la cubren de la cabeza a los pies.
Vigila un cuarto a pie de calle, en esta ciudad, y los que pasan la ven, o no, mimetizada a la orilla de un océano de maletas aparentemente tan abandonadas como ella, colocadas, a su espalda en peligrosas torres para optimizar el espacio. Lo ocupan todo obligándola a permanecer fuera, a la puerta, ya que aquellos bultos preñados de enseres que no paran de crecer, amenazan con devorarla con cierto ensañamiento, acaso el de una bandada de orcas que acecha a su víctima antes de devorarla.
Sobre la fachada del local, un letrero luminoso reza: ‘lugagge store’.
Consigna del equipaje, lugar donde la mujer parece petrificarse mientras los demás, vuelan a conquistar territorios infinitos.