Cristina flantains

¡Viva la Revolución! (Emiliano Zapata)

25/03/2026
 Actualizado a 25/03/2026
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Quizá la forma más justa de apelar a la revolución en los tiempos actuales sea revolucionar la revolución. Hasta ahora, todas las revoluciones han sido un fenómeno social que impulsa un cambio drástico, atendiendo a la necesidad que surge de una circunstancia que ha evolucionado y para la que no hay nada previsto.

Somos animales sociales. Parece lógico que la revolución sea un fenómeno social.

Así que podemos pensar que revolución y evolución van de la mano. Sin una no se da la otra. 

Parece un galimatías, pero no lo es.

Podemos traer aquí a Darwin y dejarle que se pregunte si evolucionamos a golpe de revolución o si revolucionamos a golpe de evolución.

La revolución industrial, posiblemente la más espectacular de todas, germen de lo que Occidente es hoy en día, consolidó el concepto de “clase social”, promovió la producción en masa de bienes, preludio de este consumismo desbocado, y le regaló al capitalismo el mapa de la Isla del Tesoro.

La Revolución Francesa supuso la caída del Antiguo Régimen. Mientras con una mano cerraban la puerta al absolutismo, con la otra se la abrían a Napoleón.

La Revolución Rusa y el socialismo. Qué decir.

La revolución China y el comunismo. Qué no decir.

Hay revoluciones para dar y tomar… pero parece que la ecuación revolución = evolución ¡no se cumple! Sobre todo porque cuando una piensa en evolución, llámenme loca, apela al sentimiento de humanidad como especie no como sociedad.

Se cumple, entonces, que la revolución siempre es igual a cambio, pero el cambio no siempre implica una evolución. Si no hay evolución, no hay revolución.

La civilización es el producto de la evolución.

Entonces, ¿de qué estamos hablando?

No encajan las piezas del puzle de evolución/revolución.

Es posible que las auténticas revoluciones se den a nivel de especie, no de sociedad. La especie es una cualidad biológica, la sociedad un concepto sociológico.

También es posible que auténticas revoluciones haya habido, apenas una… todo lo demás es pura demagogia. Vanidad de vanidades.

Cuando le preguntan a Margaret Mead (antropóloga) cuál consideraba ella que fue el primer signo de civilización en la humanidad, la contestación es  que considera que el primer signo de civilización en una cultura antigua es la existencia de un fémur que alguien se fracturó y que luego aparece sanado. Las razones que dio la antropóloga para sostener esta apreciación fueron sencillas: en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres, pues no puedes procurarte comida o agua ni huir del peligro. De modo que un fémur quebrado y que se curó evidencia que alguien se quedó con el herido y le inmovilizó la fractura, que lo protegió y le dio de comer y beber: lo cuidó. Aquí es donde, según Margaret, se inicia una civilización.

Esta es la auténtica revolución
 

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