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¡Viva el voto obligatorio!

17/01/2019
 Actualizado a 13/09/2019
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La insatisfacción constante es tan española como la tortilla de patata, el maltrato a los toros o la envidia ante cualquier éxito ajeno. Muchos ansiábamos hace solo un puñado de años la llegada del multipartidismo europeo a nuestra política y ahora añoramos con morriña la aburrida estabilidad que suponía aquel bipartidismo. Nos recordaba con cierta sorna en su ruta de presentación de candidatos Pablo Casado (a todos los que confiamos que el diálogo obligatorio mejoraría el sistema) asumiendo que la fragmentación parlamentaria es sinónimo de ingobernabilidad, o al menos de inestabilidad. Cierto es que en la poca experiencia en estas lides que acumulamos en España está siendo así. Contábamos los que creímos beneficioso el fin del turnismo de las mayorías de PP y PSOE con que los parlamentos multicolor forzarían a los políticos a practicar más política, una noble profesión que abandonaron hace tiempo.

Con este panorama se van lanzando candidatos y precampañas para las municipales, autonómicas y europeas. Y esta vez los asesores apuran estrategias para perder a sabiendas. ¡Se lo prometo! Han comprobado que el más votado es carne de oposición y sin embargo escarbar en el suelo de los resultados de tus siglas te hace casi siempre presidente o alcalde. Valgan como prueba Óscar Puente, Pedro Sánchez o Juanma Moreno Bonilla. Empieza la batalla por la derrota así que les han visto romper en pedazos todos los manuales de comunicación política y abrazarse al ‘trumpismo’. Lo ha entendido perfectamente el fichaje del PP en Cantabria, la atleta retirada Ruth Beitia, que en su estreno en política nos deleitó con su ya famosa frase: «Se debe tratar por igual a un animal, a un hombre o a una mujer si son maltratados. Son todos seres humanos». O eso, o es un sutil homenaje al también retirado marianismo. Para perder a sabiendas parecen redactados los Presupuestos Generales de Pedro Sánchez. Con una ‘Grossa’ de millones euros para la Cataluña gobernada por los golpistas que anuncian cada dos semanas que volverán a saltarse la ley. Regalos para comprar tiempo o poner precio a las aspiraciones independentistas que humillan al resto de cumplidoras comunidades autónomas, precisamente donde habrá elecciones en mayo. Quieren perder estrepitosamente para después gobernar con alevosía.

Dicen que si aumentara la participación en las urnas se volvería al sosiego de los gobiernos que pueden dedicarse a gobernar. Eso habría que verlo. Pero un razonamiento parecido, ese de aplastar a los partidos emergentes con el peso de los ahora abstencionistas, tampoco es un invento nuevo. Se probó durante el reinado de Alfonso XIII entre 1907 y 1923 con la Ley Electoral que impuso el sufragio obligatorio. La criticaba con su genial ironía Julio Camba en una de las crónicas parlamentarias publicada en España Nueva durante el debate de esa reforma: «hay quien no quiere votar y quien renuncia a la felicidad de enviar un diputado a las Cortes; pero esto no puede ser así». No puede ser que hoy, además de dejar más señorías en su casa, encima el ciudadano aliente a los candidatos a hacerlo intencionadamente mal, para ganar perdiendo y acabar con despacho noble y coche oficial. «¡Viva el voto obligatorio! ¡Viva la felicidad obligatoria!»; remataba Camba.

Es la única solución, según las encuestas, para que vuelva la calma de las legislaturas completas con todos sus presupuestos, sus aburridas sesiones de control, su debate y aprobación de leyes. Eso o que los políticos volvieran a dedicarse a la política. ¡Viva, entonces, el voto obligatorio!
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