18/05/2026
 Actualizado a 18/05/2026
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La noticia del hantavirus a borde del crucero Hondius nos ha ocupado en los últimos días. Y también ha ocupado los titulares. Los informativos hicieron un seguimiento extraordinario, de tal forma que, de la noche a la mañana, supimos en qué lugar exacto del océano se encontraba el buque, casi cada minuto, los aviones que entraban y salían con las personas afectadas, la situación médica a bordo, los pasajeros que habían desembarcado y los que no. Un despliegue considerable que estaba más que justificado: la alarma parecía difícil de parar, especialmente en nuestro país, y más cuando se supo que el crucero arribaría a un puerto de Tenerife.

Finalmente, todo se ha resuelto de manera eficaz, a pesar de ciertas declaraciones políticas que bien podían conducir a la confusión, y que avivaron la polémica. Pero ya sabemos en qué tiempos vivimos. No ha sido fácil, seguramente, y es cierto que algunas personas murieron, y otras se contagiaron, pero, para el volumen de la alarma, creo que hay que reconocer que el protocolo se llevó a cabo con gran rigor y con el nivel científico y médico que se le supone a este país. Aunque los tiempos son difíciles, la sanidad pública española todavía mantiene unos estándares que ya quisieran para sí otros lugares del mundo. Merece, sin duda, nuestro elogio.

Pero este virus (cuyo nombre, creo, no conocía una gran parte de la población, ni siquiera había oído hablar de él) ha servido para poner sobre la mesa la cruda naturaleza del mundo que nos toca vivir. Ya sucedió, en mayor medida, con la pandemia. Los efectos de aquellos días, dicen, siguen muy presentes en la población. E incluso han creado lo que se conoce como la generación de cristal: aquellos jóvenes que contemplan el futuro con miedo, con gran inseguridad, ya sea por aquella pandemia o por otros miedos que surgen a nuestro alrededor casi cada día. Se dijo que la pandemia nos mejoraría, pero, en realidad, parece que nos ha debilitado.

Los virus son una constante en la vida de los seres humanos. Los microorganismos nocivos (también los otros) siempre han estado ahí, y han provocado auténticas epidemias y colosales mortandades en el pasado. Así que cualquier parecido de la realidad actual con otros siglos, con otras pestes, bien conocidas y documentadas, es prácticamente inexistente. La medicina, claro, ha avanzado de manera exponencial. También la higiene. Y los recursos de los países ricos, sobre todo los que permiten que la sanidad alcance a toda la población de manera gratuita, como debe ser, siguen siendo muy importantes, o más bien decisivos, para solucionar estos problemas. Es el dinero de todos el que nos salva y el que trae el progreso.

Pero el hantavirus, aparte los inevitables componentes políticos (el reconocimiento internacional ante el trabajo desempeñado, sin embargo, ha sido unánime), ha dado lugar a otros debates y a otras consideraciones. Se diría que también ha tenido un efecto metafórico, una lectura filosófica. Para empezar, ya tenemos muy asumido que el mundo no es tan seguro como solíamos creer no hace demasiado tiempo. La incertidumbre y el miedo se han apoderado de las sociedades contemporáneas, y la situación política global no deja de empeorar las cosas. Haya muchos avances científicos, sí, pero también crece la sensación de fragilidad, el temor a que cualquier asunto desgraciado pueda causarnos un grave daño. La pandemia, insisto, ha cambiado algunas de nuestras creencias habituales, sobre todo en los países ricos. Porque los pobres suelen lidiar con estos problemas muy a menudo. La supuesta superioridad del mundo desarrollado se ha puesto varias veces en entredicho. Hay imágenes icónicas, como la imagen del atentado del 11-S, que se presentan como un símbolo de esa incertidumbre del siglo XXI. Y en los últimos tiempos, las políticas trumpianas, la nueva división del mundo, las guerras en marcha, han contribuido a esa visión un tanto pesimista del presente, y quizás del futuro.

Así que el virus se hizo viral, como se dice ahora. Su capacidad de contagio parece que es alta, aunque no estoy seguro ni puedo afirmarlo con rotundidad, pero la capacidad de contagio del miedo que producía la noticia me pareció incluso muy superior. Vivimos en un mundo con tanta información que a menudo no sabemos distinguir lo verdadero de lo falso. Sobre todo, porque hay muchos (líderes, incluso) que se encargan de disfrazar la verdad, o de vender mercancías averiadas a la opinión pública. Es seguramente el precio que hemos de pagar por el uso de las redes sociales, y por ese interés mediático de la política, que ha descubierto la eficacia de poder modelar la información a su manera. Quizás por eso, en contra de lo que dice, el periodismo es más necesario que nunca y debiera convertirse, si queremos que prime la libertad de expresión, en una profesión de referencia. No es casualidad que el populismo haya tenido a menudo choques con el periodismo y que Trump haya optado por transmitir sus propios mensajes, evitando siempre la voz del intermediario.

El virus encerrado en un crucero (además de lujo, se subrayaba todo el rato) era una imagen demasiado potente. Ya digo que se resolvió con gran eficacia, como han reconocido muchos, incluso contrarios ideológicamente al gobierno, pero eso es lo que se esperaría de un país como el nuestro, ni más ni menos, fuera el gobierno de un color o de otro. Vamos, digo yo. Como el mundo tiene cada día más elementos distópicos, ese virus que viajaba a bordo de un crucero, con capacidad de matar, adquirió pronto el morbo informativo necesario (sin negar ni por un minuto que era necesario conocer su evolución, evidentemente), y sembró esos miedos que son los miedos de una sociedad cargada de incertidumbre, como la nuestra. No se olvide que, mientras el virus lo ocupaba todo, las guerras seguían, y algunos recordaban el incordio del precio del combustible y esperaban el final del bloqueo de Ormuz. Son curiosas las prioridades de nuestro mundo, ahora que se lleva tanto la palabra prioridad. De los miedos del cambio climático cada día se dice menos. Y ahora llega la inteligencia artificial, que algunos contemplan como una batalla por la supervivencia humana. Conozco a bastantes personas aterrorizadas por la inteligencia artificial.

Hay que entender ese efecto viral del virus, claro. La guerra biológica, por ejemplo, es un viejo asunto, que aparece de vez en cuando, y no sólo en las películas. Aunque, con la guerra en Irán, parece que el riesgo nuclear sigue siendo el más importante. Pero muchos avisan de que hay que presentar más atención al efecto destructivo de las epidemias. Santiago Alba, en un artículo excelente en ‘El País’, habló de este virus como de ‘Alien, octavo pasajero’, aunque no fuera un bicho extraterrestre. Y recordó que ese crucero, que dibujaban como apestado, recordaba demasiado a los barcos errantes que llegan a nuestras costas (con menos lujo, me temo) a los que algunos presentan también como barcos apestados, o poco menos. Aunque los que van a bordo no tengan otro virus que el de la pobreza.

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