Hoy sí que tengo algo que decir, pero no es nada que no se haya dicho ya. Hoy sí y quizá siempre, pero a veces no se encuentran las palabras porque ya casi que nos sobran. Es este mundo de ruido constante, de mediaticidad constante, de constante instantaneidad. Es este mundo de errores políticos constantes, de errores morales contantes, de errores humanos constantes, que nos quita las palabras moldeándolas para su justificación.Es este mundo, en fin, que nos pinta de gris los términos y los despoja de significado a ritmo de comparsa panfletaria. Pero hoy sí que digo algo, porque tengo algo que decir.Aunque no es nada que no haya dicho ya Maricarmen.
Una mujer de 87 años a la que multiplican el precio del alquiler. Una mujer de 87 años a la que despojan de su casa, como a los términos de su significado, por aquello del libre-mercado. Pues vaya puta mierda de libertad. Una mujer de 87 años a la que roban sus recuerdos. Esa es Maricarmen. Y no es la única.
Su nombre se repite estos días, pero mañana será el de Paquita. Ayer pudo ser el Julia. O el de una familia de cuatro o una de tres. O el de cualquiera que no cumpla los parámetros para ser considerado una «prioridad nacional». Esa es para ricos como los de Urbagestión.
Pero no sólo de Madrid vive la especulación inmobiliaria. Yo he visto enLeón la mirada de desazón cuando te roban los recuerdos. Cuando te quitan de estar en tu casa a golpe de «aviso». Cuando llegas exhausta tras vaciar la vivienda que ha sido el hogar de tu vida; el cobijo de tu intimidad. Yo, privilegiada de mí, he vivido el tedio en que se ha convertido la emancipación. He dado con cabrones que no lo eran tanto; con personas como yo que me alquilaban un piso con tantas condiciones como si fuera a adoptar un bebé. He visto alarmas anti-okupa; okupas como en la que se ha terminado convirtiendo Maricarmen, que ha tenido que okupar su propia casa, su propio hogar, por la subida desorbitada del precio de un alquiler. Lo he visto y no ha sido enMadrid. Lo he visto tanto aquí como en otras partes porque virus como este no pierden el tiempo a la hora de contagiar.
Y la acabarán beatificando, a Maricarmen. Y la acabarán santificando y hasta encontrando una solución que funcione como parche temporal para una fuga estructural. Acabarán resolviéndole la vida que le quede, que no parece mucha. Acabarán dándole y dándose una palmadita en la espalda en una foto mediática que nos invite a creer que el mundo es ahora un lugar mejor.
Acabarán haciéndolo. O no. Pero mañana será Paquita. O Julia. O una familia de cuatro o una de tres. Y, cuando se nos olvide, con el ruido mediático ya diluido en el estruendo de otra indignación, vuelta a empezar.
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