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Viralizar la verdad

24/01/2019
 Actualizado a 16/09/2019
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Si les dijera la verdad no sé qué verdad les diría. Les confesaría mi verdad, que no tiene que por qué ser la suya. Una verdad a medias, tal vez, porque yo soy muy de Ruano y las verdades a medias tienen más encanto. Nadie sabe cuantas verdades existen, ni siquiera si acude al diccionario para aclararse con el concepto.En su segunda acepción la RAE recoge que es «la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa», y quizá esa es la piedra a la que se está amarrando esta nueva sociedad. La verdad es todo aquello que refuerza nuestra forma entender el mundo, porque como decía Larra «el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer».

Recuerdo cuando de chaval iba de campamento y uno de nuestros pasatiempos preferidos era tumbarnos en la hierba y levantar mucho la mirada. De día cada uno le buscaba formas a las nubes que cruzaban veloces en un pedazo de cielo recortado entre montañas y de noche creábamos nuevas constelaciones enlazando unas estrellas con otras. El debate era constante sobre si esta era un elefante o aquella parecía más una nutria. Y una vez que la mente nombraba cada nube o rebautizaba una constelación no había ni la más mínima posibilidad de cambiar de opinión. Cada uno había encontrado su verdad y aquello era totalmente innegociable. Algo así sucede cada cada día cuando nos zambullimos en el Callejón del Gato de las redes sociales.

La tercera acepción de verdad es «la cualidad de veraz» y aquí comienza realmente la batalla. Uno de los retos para el periodismo de este 2019 es conseguir «viralizar la verdad» (atentos a la paradoja), y quizá también para la salud de nuestra democracia en campaña electoral perpetua y en la que no solo vocean los políticos. El periodismo ha pasado a dedicar la mayor parte de su esfuerzo a intentar contar la verdad para emplearse casi en exclusiva a desmontar la mentira después de haber perdido (en muchos casos por méritos propios) aquella añorada presunción de honestidad que nos daba el viejo y elegante traje del prestigio. Informar hoy con veracidad es una acción quijotesca pero al revés. Donde todos ven feroces gigantes unos pocos alertan del peligro de chocar con las aspas mecánicas de los molinos de siempre. «El miedo que tienes –dijo Don Quijote– te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son».

Sentencia un refrán que la mentira tiene las patas muy cortas, pero eso era antes de que contaminara los buscadores y las redes sociales. Ahora es la verdad la que suele competir coja y afónica en un sprint diario. Quizá porque «la verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semiverdad o en la mentira, muchos», argumentaba Pío Baroja. Ese es el único desafío ante una ciudadanía impermeable a las certezas de otros.

A menudo vuelvo a mirar al cielo. Me gusta señalar Venus en cualquier punto brillante que se atisbe con la última luz del atardecer o con el primer reflejo de la noche, según como se mire. Estoy seguro que la mayor parte de las veces no señalo Venus, es posible incluso que no haya acertado nunca. Pero en realidad no me importa, porque la realidad ya no importa. La realidad es un tostón donde hay que rebuscar verdades en las que creer. Y cuando les cuento mi vida, como hacía César, prefiero contarles la mitad de mi verdad.
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