Javier Puyol 2025

La violencia no forma parte del juego

Abogado, exmagistrado, exletrado del Tribunal Constitucional, expresidente del Comité de Apelación y Jurisdiccional de la Real Federación Madrileña de Fútbol y excompliance officer de la RFEF
24/07/2026
 Actualizado a 24/07/2026
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El Campeonato del Mundo de 2026 terminó con el triunfo deportivo de España, pero también con unas imágenes que obligan a reflexionar sobre los límites de la competitividad, la responsabilidad de los futbolistas profesionales y la necesidad de erradicar cualquier forma de violencia sobre el terreno de juego.

España se proclamó campeona tras vencer a Argentina por un gol a cero en la prórroga. Sin embargo, el partido concluyó con enfrentamientos entre jugadores de ambas selecciones que han motivado la apertura de una investigación disciplinaria por parte de la FIFA. Aunque todavía no existe una resolución definitiva, las imágenes difundidas bastan para evidenciar un problema de fondo: la normalización de comportamientos violentos como si fueran una consecuencia inevitable de la pasión competitiva.

Y no lo son.

La tensión, el cansancio, la frustración o la importancia del resultado pueden explicar una reacción, pero nunca justificarla deportiva ni éticamente. El fútbol es un deporte de contacto y debe conservar su intensidad. Erradicar la violencia no significa eliminar la fuerza o la disputa, sino diferenciar claramente la acción deportiva legítima de aquella conducta que pone en peligro la integridad del adversario, busca intimidar o responde mediante represalias.

Las propias Reglas de Juego establecen esa diferencia. La Regla 12 del IFAB considera juego brusco grave toda entrada que emplee fuerza excesiva o ponga en peligro al rival, y califica como conducta violenta el uso de brutalidad cuando ya no existe una disputa legítima por el balón. Ambas conductas son merecedoras de expulsión.

Cuando una entrada peligrosa se justifica apelando al "fútbol de verdad", la "casta" o la "intensidad", la frontera de lo aceptable se desplaza. La violencia comienza entonces a percibirse como una virtud asociada al liderazgo o al compromiso, generando una pedagogía tóxica en la que controlar las emociones parece una debilidad y responder a una provocación mediante otra agresión se considera una conducta aceptable. El verdadero carácter deportivo consiste precisamente en conservar el autocontrol cuando la presión alcanza su punto máximo.

El Mundial constituye el mayor escaparate del fútbol. Millones de niños y adolescentes observan e imitan a sus protagonistas. No solo reproducen sus gestos técnicos, sino también su forma de protestar, celebrar o reaccionar ante la frustración. La psicología del aprendizaje demuestra que los modelos admirados influyen poderosamente en la adquisición de conductas, especialmente cuando apenas reciben consecuencias negativas.

La conducta humana depende de múltiples factores, pero la exposición reiterada a comportamientos violentos protagonizados por referentes deportivos contribuye a normalizarlos. Del mismo modo, observar a futbolistas que contienen el conflicto, respetan al árbitro o protegen al adversario transmite autocontrol, responsabilidad y liderazgo.

La UNESCO recuerda que el juego limpio comprende valores como la integridad, el respeto, la igualdad y la responsabilidad. El deporte puede convertirse en una extraordinaria herramienta educativa porque las actitudes aprendidas durante su práctica se trasladan a otros ámbitos de la vida. Precisamente por ello, la violencia sobre el terreno de juego contradice una de las principales funciones sociales del deporte.

Por eso resulta especialmente grave que estos incidentes se produzcan en una final mundial. Cuanto mayor es la audiencia y la capacidad de influencia de los protagonistas, mayor debe ser también su responsabilidad. El futbolista profesional puede equivocarse, pero su posición le impone un especial deber de autocontrol derivado de la enorme repercusión pública de sus actos.

Saber perder constituye una prueba ética tan importante como saber ganar. Perder exige aceptar el resultado, controlar la frustración y preservar la dignidad propia y ajena. Ganar obliga a evitar la humillación, la provocación y la arrogancia. La deportividad se demuestra precisamente cuando desaparece el estímulo inmediato del resultado y solo permanece la conducta de la persona.

La violencia perjudica a quien la sufre, pone en riesgo su integridad física y psicológica y también daña al agresor, cuya trayectoria puede quedar marcada por unos segundos de pérdida de control. Perjudica igualmente a compañeros, técnicos, árbitros, federaciones, patrocinadores y organizadores, desplazando el mérito deportivo por la polémica. En definitiva, perjudica al propio fútbol, porque transmite que sus reglas pueden quedar suspendidas cuando la emoción alcanza determinada intensidad. Existe además una dimensión institucional. Las grandes competiciones sustentan su legitimidad en valores como el respeto y el juego limpio. Si las instituciones proclaman esos principios pero responden débilmente ante episodios de violencia protagonizados por figuras relevantes, generan una incoherencia que los jóvenes perciben con rapidez. Aprenden no solo de lo que las instituciones dicen, sino también de aquello que toleran.

El Código Disciplinario de la FIFA prevé suspensiones, multas y otras medidas frente al juego brusco grave y la conducta violenta. La sanción no debe entenderse únicamente como un castigo, sino como un instrumento para proteger a los deportistas, reafirmar la vigencia de las reglas, prevenir nuevas conductas violentas y transmitir que el éxito deportivo nunca confiere inmunidad. Para cumplir esa función debe ser rápida, proporcionada, individualizada y apoyarse en una investigación rigurosa que distinga entre quienes iniciaron, respondieron o trataron de impedir la confrontación.

La respuesta disciplinaria puede complementarse con medidas educativas, como programas de gestión emocional, prevención de la violencia y resolución de conflictos. También entrenadores y cuerpos técnicos deben preparar a los jugadores para afrontar situaciones de máxima tensión y disponer de protocolos que eviten que un incidente aislado desemboque en una pelea colectiva.

La figura del capitán merece recuperar su dimensión ética como interlocutor con el árbitro y ejemplo de autocontrol. Del mismo modo, los futbolistas que intervienen para separar a los contendientes o proteger al adversario deberían recibir un reconocimiento expreso. Si solo se viraliza al agresor y se ignora a quien pacifica, se termina premiando simbólicamente el comportamiento equivocado.

La prevención exige también una actuación arbitral firme desde los primeros síntomas de tensión. Las entradas peligrosas, las provocaciones y las protestas colectivas deben recibir una respuesta inmediata para evitar una escalada de violencia. El VAR constituye una herramienta útil, pero nunca sustituirá la autoridad ni la capacidad preventiva del árbitro.

Los medios de comunicación y las plataformas digitales comparten igualmente una responsabilidad. Informar sobre estos episodios no implica convertirlos en espectáculo. Las imágenes deben contextualizarse y explicar por qué determinadas conductas resultan incompatibles con el juego limpio, especialmente cuando la audiencia incluye a menores.

La Ley del Deporte española de 2022 impone a los deportistas el deber de practicar conforme al juego limpio y rechazar cualquier forma de violencia. La aceptación de los riesgos propios de un deporte de contacto nunca ampara una agresión deliberada, que en los casos más graves puede incluso trascender el ámbito disciplinario.

El fútbol seguirá siendo apasionante por su intensidad, no por su violencia. Precisamente porque millones de jóvenes observan cada gesto de quienes lo protagonizan, los grandes futbolistas tienen la responsabilidad de demostrar que la verdadera fortaleza no consiste en golpear al adversario, sino en conservar el respeto incluso cuando la tensión alcanza su máximo nivel. Solo así el deporte seguirá siendo una escuela de convivencia y no un escaparate de agresividad.
 

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