Nacho Barrio

Villalar me huele a vino

17/04/2026
 Actualizado a 17/04/2026
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Un día por estas fechas, pero de hace 25 años, mi padre llegó a casa con un plan bajo el brazo. No nos preguntó qué nos parecía, simplemente dijo que lo haríamos. Ese 23 de abril iríamos a Villalar. Vivíamos en Segovia, provincia castellana –de eso no hay duda– y el plan, desde el desconocimiento, cuadraba. Mi padre hizo un esfuerzo notable para que conociéramos nuestra cultura y aquello encajaba en el programa. La cinta del Mester de Juglaría preparada en el Opel Kadett y quizá una tortilla en la tartera. De eso ya no me acuerdo, ahora verán por qué. 

El caso es que llegó el día y nos metimos en el coche. No habíamos llegado a Torrelobatón cuando mi hermano, al que por entonces ya le habían diagnosticado autismo, nos dejó una de esas fechorías con las que jalonó su infancia. Aquel año de planes novedosos mi padre había decidido llevar la contraria a siglos de sabiduría popular y se lanzó a hacer vino con las uvas de una parra que teníamos en el pueblo. Un pueblo donde vinagre, algo, pero vino, nada. Dos botellas salieron. Y una de ellas viajaba también a Villalar.

El siniestro me pilló mirando al paisaje y sólo me enteré cuando mi padre descubrió el olor de la liada. Mi hermano decidió celebrar el día sacando el corcho de aquel vinate infernal para derramarlo por la alfombrilla de los asientos traseros. Imagínense la peste con la que llegamos a Villalar.

Con aquella estampa para los sentidos llegamos por fin a la fiesta. El pueblo da paso a una campa enorme que es fiel retrato de lo que somos en general en esta comunidad. Allí la carpa del PCE, allí una suerte de bareto, allá un grupo punkie que toca de empalmada. Allá Soria, que mira a Zaragoza, Segovia y Ávila que miran a Madrid, Burgos que mira al País Vasco y León que prefiere mirar más allá de Pajares. 

No estuvimos mucho rato y mi padre convino que aquello no era muy edificante para sus polluelos, más si cabe cuando me faltaban pocos años para descubrir la jarana. Por eso entiendo, años después, que gran parte de los políticos leoneses de todo signo eludan la cita. Aunque lo de largarse al Ikea más cercano no sea cosa original solo de cazurros, eso ya se lo digo. Decían en mi tierra que, ese día, en El Corte Inglés de Preciados ponían jotas segovianas para recibirnos. Exageración, seguramente, pero retrato de una fiesta que no une ni a los que pueden sentirla como propia. 

Tampoco lo logrará esta vez Omar Montes. La Junta llegó hace dos años con un plan bajo el brazo. Pero como el de mi padre, éste tampoco termina nunca de salir como lo imaginaron. La cuestión es que igual tampoco hay intención de nada, simplemente vale con sacar el corcho, por mal que huela el vino.

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