Siempre se dice que en cada españolito hay un entrenador de fútbol, un seleccionador nacional. De igual manera detrás del articulista/opinador está guardado a menudo un asesor y/o un criticón (¿debo incluirme?). Qué vicio, qué manía con decirle al dirigente público lo que debe o no hacer, desde el Presidente hasta el último alcalde. Con formas además insolentes, en lenguaje imperativo, del estilo de “Lo que tiene que hacer tal Ministro es… / La obligación del líder de la oposición es…» Repasen y vean en la prensa el atrevimiento, la arrogancia de muchos plumillas (título textual de un artículo reciente “Quitad las manos de las urnas») que acabarán haciendo explotar el criticómetro de medir reproches o juicios de valor. Igual ocurre con la odiosa camada que se pasea por las tertulias: algunos columnistas y muchos tertulianos, primos hermanos, allá se andan, o dicho en refranero popular, se van las tapas a las ollas. ¿Quiénes son (debo incluirme: somos) para dictar los actos a esos dirigentes, sin disponer de datos, análisis y referencias que ellos tienen y nosotros no? ¿Por qué el sabiondo opinador, al que cuando acaba de hablar dan ganas de preguntar: ¿tú tienes DIGI, verdad?, no se postula a ese cargo público al que censura, si quiere hacer y decidir él en vez de decretar frívolamente lo que debe hacer otro?
Criticar es fácil, cómodo, gratis. Nosotros mismos, aquí cerca, si nos fijamos bien es posible que descubramos descarados ejemplos en ese sentido. Pensemos en un caso supuesto: alguien que critique y condene al Presidente por convertir durante sus vacaciones La Mareta en su cortijo particular, donde entraban y salían familiares o presidentes autonómicos. Pero nadie dijo que esos días el Presi tuviera que aislarse y no despachar con nadie.
Supongamos que después censura tal comportamiento porque debe existir una línea muy clara entre el uso oficial y el disfrute personal. Pero igual, a lo peor, ese personaje criticón un día ejerció cargo público y visitó la provincia en actos oficiales acompañado de su pareja, de su familia, y disfrutaron todos juntos del consabido picoteo y de los sabores gastronómicos de León. Es posible, todo cabe en este pueblón que es un moquero sucio y en el que nos conocemos todos. Es sólo un supuesto, aunque plausible.
No procede ponernos estupendos porque entonces, ese señor ficticio (o señora o señoro, no hay que ser sexistas) que ha visto la paja en el ojo ajeno del Presidente este verano, ¿estaría legitimado para criticarlo por ese motivo?
Y es que, escarbando un poco, no debe haber nadie que haya ocupado un carguito que no tenga algo que ocultar; todos tenemos algún muerto en el jardín (metáfora) pero algunos/as más que otros/as. Así que conviene no sacar tanto la pluma a pacer, tener la boquita más cerrada. Porque sería gracioso conocer la vida ¡libre de pecado! de tantos criticones que se la pasan atizando a políticos o a vecinos o a famosos.
Daría mucha risa, y a la vez mucha rabia su cara dura.
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