Es ya una bofetada en toda la boca la que las eléctricas se están llevando con sus proyectos eólicos en El Bierzo. Contra viento -válgase a sí mismo la redundancia- querían desplegar sus alas en una comarca que lo venera, que sopla con él molinillos de colores de desarrollo rural y que se arrima a cualquier gesto de la naturaleza que consiga sacarle los colores tras un ingenuo piropo. Ha sido el amor lo que nos está librando de estos gigantes de hierro, algo que no habíamos tenido hasta ahora. Porque costaba entender que evolucionar también pasa por abrir los ojos a algo más que al papel del billete. Significa moverse del sitio, soñar con el aire limpio, saber que venimos de la simiente y que no todo lo que se cimenta construye sino que también encarcela, atenaza, destruye y esclaviza. De eso sabemos un poco. De cuando nos pusieron las esposas del carbón. Y lo aceptamos con ese olor a azufre sepulcral que merecía un tatuaje minero y un carburero en el que dejarse la piel a oscuras. Confundimos las estrellas con aquella luz de sótano, con el picar de un martillo que a veces hacía que las campanas de la iglesia de Fabero o de Torre tocaran a muerto.
Ahora Trabadelo se libra de la soga, Páramo corretea por Salentinos detrás de sus osos, y el urogallo vuelve a sus cantaderos, indultados de otro parque medido en megavatios.
Pero la caminata no se frena en un «no». Sabemos lo poco que cuesta pasar al sí desde él, y las estrategias que se esconden detrás de esas negativas latentes que esperan su momento. Cuando no miremos. O cuando la necesidad, dibujada o inducida, saque las uñas de la resignación y diga que es esto o la nada.
Para doblegar la negativa, el arma es convencer. Hacer que el «no» se entierre en una caja de cemento, enmudecido por las raíces de los castaños que sostienen otra realidad: la de verdad, la nuestra. Y hay abrigo para mantenernos a salvo. Una figura de protección. Un escudo que impida volver a tocar lo que no es suyo a quienes, enseñando la cartera, se hacen llamar amos. Con ella, podríamos bajar la guardia. Descansar de ese cansino estado de alerta al que obligan desde fuera. Bierzo Oeste y La Cabrera reclaman esa manta segura con la que tapar sus inviernos, que haga imposible que alguien vuelva a tocar sus montañas, a pelear por tapiar sus viñedos o a convertir el peregrinaje compostelano en una caminata entre ventiladores. Aquí el viento peina y no está en venta.