05/10/2025
 Actualizado a 05/10/2025
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Arrancó octubre celebrando, como siempre, el Día Internacional de las Personas de Edad, según la ONU. Leyendo el motivo de la celebración hay que llegar a la palabra envejecimiento para saber lo que se sobrentiende desde un principio: que se refiere a las personas mayores, porque personas de edad somos todos. A quienes nos gustan poco los eufemismos, cuando se llega a este extremo, casi molesta. Fuimos  descartando Viejos, Ancianos, Abuelos y  ahora parece que decir Mayores tampoco viste bien. `Personas de edad´ es deshumanizar a los ancianos, por mucho que lo haya bautizado la ONU, usando un término que sirve tanto para el nieto -persona de cinco años `de edad´- como para el abuelo. Disimular algo delata la mala opinión que tenemos de ello. Y si cuesta admitir la falsedad que esconden los eufemismos en general, éste resulta peor que ninguno para los que conocimos otras épocas y ámbitos, donde los abuelos vivían en casa y eran personas activas hasta sus últimos días, sin los semáforos rojos y obstáculos que el progreso ha ido poniendo en sus vidas, ni les declaraban no productivos, ni eran estabulados en asilos con el último tramo de su camino convertido en negocio.  

Hemos visto la evolución y la diferente interpretación que se le puede dar a una misma palabra, dependiendo de la época y ambiente. Todos conocemos al abuelo picador de Víctor Manuel, el del poema de Miguel D´ors con manos como raíces, al que tantas veces menciono. Cientos de poemas cantan a abuelos de otros tiempos, alabando su esfuerzo y valía, reconociendo el mérito de sus manos callosas y espaldas encorvadas, disfrutando su dulce vejez de moños blancos y mandiles remendados y besando arrugas, consideradas galones conseguidos en las batallas de la vida. Era cuando se  permitía ser viejo y además, se les podía llamar por su nombre. Cuando no se pretendía que todo fuera bonito, el joven respetaba al anciano, los niños no mandaban en casa y los abuelos vivían en casa. 

El Viejo José era el más respetado del pueblo.  Fue un joven y un hombre cualquiera. Tuvieron que pasar varias décadas por su cuerpo, dibujando un estrato cada año, a modo de ábaco, para merecer llamarse Viejo. Una palabra con corteza dura, como José y los robles. En esas cinco letras que tanto me gustan rezuman la sabiduría que da el tiempo. Viejo significaba respeto. Por eso, a José nadie le llamó nunca abuelito sin ser su nieto, ni le hablaron con palabras infantiles, ni le pusieron horarios para darle un yogur con un calmante dentro, ni le trataron como si no supiera nada de la vida. Precisamente a él, que sin saber leer, se le pedía consejo para todo. Y tras buscar respuesta en un larguísimo silencio, respondía pausadamente, con acierto y una humildad que rompía, al consejo pedido. José era cualquier viejo de cualquier pueblo.  

Y junto a él, siempre estaba ella, la anciana Teresa, sus hortensias y el eterno dolor de riñones, que no le impedía hacer nada. Para ella no nos gustaba la palabra vieja. Ellas eran adorables ancianas oliendo a gris y manta. Manos temblonas de las que nacía todo bailando, que sujetaba la cesta de vainas entre las piernas y pasaba la tarde desgranándolas a la puerta de casa. Abuelas tejiendo  dos hilos al mismo tiempo. De uno nacía  la manta y del otro la nana con un hilo de voz tan fino que casi cantaba callada. Igual de blandas las dos, igual de cansadas, hasta que el sopor ganaba la batalla, se acurrucaba en su regazo y se adueñaba de la mecedora, en el rincón de no hacer nada, mientras hacían la digestión las sopas de ajo, que el viejo José migaba cada día con aquella navaja traída de la guerra, que nunca permitió usar a nadie. 

Una escoba, un par de geranios y cuatro gallinas. Teresa no necesitaba más para saberse viva. Y a José, su cajón de trastos le servía para guardar todo lo innecesario y hacer  faenas sin más función que matar las horas, pero siendo dueño de las horas matadas.  Ellos, que apenas necesitaban palabras para cruzar el día y podían sentarse en cualquier lugar a compartir silencio, con salud, dos taburetes y una sombra les bastaba.  La vejez se hacía niña por sí sola y se esperaba a que ellos te dieran la mano para cruzar el camino, sin sentirse mal por ello. Al contrario. Tenían permiso para ser viejos y eran necesarios. Sabían que eran el puntal, el armazón sobre el que se construía la familia y el edadismo no existía ni como palabra. Les fuimos abandonando al mismo tiempo que a los montes. Venció este mundo desalmado en el que se aparta todo aquello que no se considera provechoso, con un bonito eufemismo cubriendo el pecado. Con otro nombre parecerá otra cosa. 

Pero los Viejos tienen esa corteza en la que guardan sus reservas. Mientras les hablan y tratan como a niños, simulan estar ausentes, sonríen y callan. Están oyendo coplas antiguas y nanas, oliendo a petricor y disculpando a hijos y nietos ausentes. Doblan y recogen las ganas de un abrazo. Quizá vengan mañana.
Total, como canta Rafael Amor, para un viejo nunca es  tarde.
 

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