El otro día, tomando café, escuché a un señor ya jubilado decir: «Las mujeres son viejas a los dieciocho». La frase es brutal. Y no lo es porque sea original –ojalá lo fuera y ya estuviera enterrada–, sino porque revela cómo nos miran algunos: no como personas, sino como objetos. Mientras ‘sirvas’ a sus intenciones –juventud, docilidad, apariencia–, vales. Después, caducas.
¿Y qué pasa con ellos? Con setenta siguen considerándose deseables, interesantes, con derecho a opinar y a ocupar espacio. Nosotras, en cambio, cargamos con un reloj que empieza a descontar demasiado pronto, hasta convencernos de que el tiempo no está de nuestro lado.
Ese doble rasero no es biología ni destino: es patriarcado. Es la violencia simbólica de decirnos que nuestra valía depende de un cuerpo joven, que después de cierta edad ya no tenemos nada que aportar. Como si la experiencia, la madurez, la inteligencia o la memoria no contaran.
Pero la vida real desmiente esa mentira. Mujeres que empiezan a estudiar a los cuarenta, que se separan a los cincuenta y vuelven a vivir con libertad, que a los setenta escriben poemas o se ponen al frente de un pueblo. Lo que caduca no somos nosotras: lo que caduca son las frases como esa.
Porque sí, a los dieciocho somos jóvenes. Pero seguimos siendo valiosas –y quizá más libres– a los treinta, a los cincuenta, a los ochenta. No hay edad que nos reste humanidad ni derecho a vivir con plenitud.
Vieja es la mirada de quien cree que nuestro tiempo se mide en función de cuánto le servimos.
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