Frente a la rotundidad del título del artículo de hoy, que podríamos calificar de obviedad o perogrullada, cabría hacer un pronunciamiento cuasi rotundo: ¡sí, la vida continúa!, a pesar del dolor o, a veces, del alivio que supone despedirse de personas que, por la razón que fuese, ya no forman parte de nuestra vida.
A partir de aquí comienzan las ausencias que se notan en los detalles: la silla vacía, el móvil que ya no suena, (del fijo no sabemos el número, ni lo cogemos), el recuerdo de la charla inacabada o esa comida programada con tiempo durante la cual se hablaba de algún ancestro, y del pasado, eso seguro, y de sabores perpetuados en mitad del alma.
Lo grave es lo que viene después de la partida, ya que, en ciertos casos, se abre un abismo, una herida lóbrega, que poco a poco se convierte en compañía silenciosa.
Nos agarramos a un principio bastante básico: el tiempo lo cura casi todo. Pero no, el tiempo tan solo cura amores tempranos o pasajeros, de una noche de vino y rosas, no la ausencia de un ser querido.
Es cierto que a lo largo de los años vas perdiendo amigos y familiares, unos por cuestión de longevidad o ciclo vital, los más por despiste o pereza. Aunque algunas personas con su marcha se asemejan a ver el agua cuando se la lleva el río, otras duelen, y mucho.
Puede ser un vano intento de procrastinar los malos augurios sobre las ausencias con pensamientos enfáticos que van del cabreo indirecto a la frustración, de la parodia a la caricatura fácil, hasta el punto de que incluso podemos perder el oremus.
Como simple apunte, conviene recordar aquella máxima de mayo del 68: «Sed realistas, pedir lo imposible». Pero recordad que la vida sigue, ¡claro que sigue!, sin ti y sin mí, o dicho en román paladino puro: «sintigo y sinmigo».
Nota a pie de página: ¡Ah!, este es el artículo número 100; publicados en La Nueva Crónica. Gracias. Salud.
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