Vivimos en una cultura obsesionada por la celeridad y el ruido, la ansiedad y la prisa. Cabalgamos en el vértigo. El signo de los tiempos es la velocidad, el estrés, así en el ocio como en el negocio. Las noticias se suceden sin tregua, se tapan, se pisan unas a otras: nadie se acuerda ya del Mundial ni del jodido eclipse. Los eventos se solapan. Todo son escapadas, viajes exprés, huir más que viajar: si buscas en un localizador de vuelos y miras el tráfico aéreo que puede haber en cualquier momento circulando, sorprende que los aviones no choquen arriba como los coches abajo; se salvarán por los pies (de altura). Todo son conversaciones y consultas rápidas, llamadas, mensajes e interrupciones: es improbable que ni en la selva amazónica haya todavía algún nativo sin móvil. El globo gira igual que hace miles de años, en cambio entre los seres que lo abarrotamos la actividad se ha disparatado como cuando se agita un hormiguero si lo escarbas. No hay tiempo para mirarnos a los ojos, todo va muy rápido y todo es muy superficial.
Sin embargo, la escapatoria a tan endiablada dinámica existe. Aunque la exagerada velocidad nos arrastre, es posible mantener cierta calma interior. Alguna prueba hay, un caso al menos. Hace un mes le dedicaron a Fulgencio un homenaje en Cármenes, su pueblo, aunque un poco a traición, sin que lo maliciara (sic). Allí se contaron muchas cosas y todas atinadas, porque Ful es el único que podría repetir en serio aquello del burlón M. Twain “no me gustan los elogios, siempre se quedan cortos”. Pero por encima de las bondades que se dijeron hay una que causa más admiración: su manera de encarar el tiempo sin prisa, sin agobio, sin precipitarse, sin correr, una idea de estar en el mundo que ya no se lleva. Y sin que tampoco signifique que uno se aburre o lleva vida contemplativa, sino productiva con cierto control, sin mirar el reloj cada minuto, orillando tareas que pueden esperar. ¿Cómo puede ser que con su flema, lento pero seguro, F. F. escriba cada día medio periódico, recorra media provincia y haga el doble de cosas que nosotros a toda hostia? Acaso León XIV pueda presumir de esa cadencia, con la diferencia de que al Papa se lo dan todo hecho. Ful, el hombre que estira las horas y no se las bebe de un trago sin disfrutarlas, como hacemos los demás. Y lo curioso es que quizá de esa concepción del tiempo deriven otras muchas conductas que también envidiamos y ensalzamos en él, porque en ese vivir a ritmo más reposado el tiempo discurre de otra forma y te permite más conversación con la gente, más atención al detalle, escuchar historias, enlazar ideas y recuerdos, sedimentar la memoria… “A la recherche…” pero en busca del tiempo lento, disfrutado y vivido. En la civilización de la prisa, él triunfa con su cachaza. Su semi-retiro montañés sin duda le ayudará, allí Ful es el rey y como diría uno de sus personajes rescatados de la calle “tú a tu bola, majestad”. Tiempo lento, hombre tranquilo. No vale correr.
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