La columna vertebral que pespuntea el valle se encuentra algo desmantelada en varios tramos. Están sustituyendo las viejas traviesas de madera por piezas de hormigón. Se cuajan las vías de los restos cambiados que son pasado sobre el que viajaron otros trenes, mercancías, otras gentes que habitaban estos valles del Torío poblándolos de vida. Aquel tren, deudor del que se iba a Bilbao para alimentar las fauces de fuego de los altos hornos, al que ya desde el inicio del proyecto llamaron «El Ferrocarril del Torío». A él se han subido, para desmantelarlo, unos cuatreros de verdad que viene a arrebatarnos el progreso. Ni una sola certeza han dicho desde que en el año 2011 decidieron secuestrar el tren en un apeadero llamado La Asunción, asegurando que «era algo provisional». Y trasbordaron a los viajeros el kilómetro ochocientos que dista a León, en autobús.
En este tiempo, pese a que el proyecto de traerlo a León fue adjudicado, aprobado, y presupuestado en setenta y cinco millones de euros , y tras gastarse quince con cuatro, no se llegó a ejecutar por caprichos políticos de cambio de gobierno. Se acaba de conocer que varios de esos trenes, que ya tenían que estar transportando viajeros a la estación de León han aparecido en Méjico –«quate aquí hay tomate»–.
Argumentan que ha caído el número de usuarios en un treinta y cinco por ciento. Poco es cuando los que se aventuran a usarlo ya se levantan con la zozobra del resignado, y si no que se lo pregunten al grupo de Whatsapp que se lamentan ya desde primera hora de la mañana en una odisea que para si la quisiera Homero para su Ulises: «¿se sabe algo?, aquí estoy parado, no viene nadie, pues el taxi no va, hay que esperar al siguiente que viene dentro de una hora, no me cogen el teléfono».
Y quédate en el apeadero descampado de una Asunción en donde rozas la desesperación mientras el médico te está llamando en vano para la consulta que tenías programada y que has cambiado por una desprotegida incertidumbre. Ahora dicen que los alcaldes estaban al tanto de la ultima decisión: enterrar el tramo desde ese apeadero a León y sustituirlo por un autobús eléctrico para luego arrancar las vías de cuajo.
Pero ahí ondea desafiando al cielo ese pendón protesta azul y amarillo cada sábado cuyo diseño hizo Consuelo, de la Plataforma En Defensa del Ferrocarril de Vía Estrecha en León: Manuel, Isabel, César, Eva, Carlos, Jesús y los que se quedan en el tintero, excúsenme por ello. La vara del pendón la hizo Fidel, el carpintero; Susana y Josefina cosieron primorosamente la tela, puntada a puntada y Almudena, de forma gratuita, hizo las pegatinas e Isabel Medarde rescató al tren del olvido. Gentes de la Estación de Matallana, la que se aferra a que vuelva el que da sentido a su nombre. Y Jesús de León Audio quien ha cedido los equipos de sonido, de modo gratuito. Asociaciones de la Ribera del Torío y la Montaña Oriental. Y los alcaldes, que se suman.
Gentes que rearman esa espina dorsal que alimenta el valle. Savia nueva, como la de Manu, joven ingeniero que mueve las redes animando a que todos los leoneses nos sumemos a la causa.
Y la nostalgia de mi madre «si no está el tren aquello queda sordo, sin un pitido».
Una espina dorsal que mañana domingo, a las 12.30, junto a todos lo que quieran acudir, seremos eslabones enlutados hasta la estación. Y luego paso firme; dirección antiguo Ayuntamiento; misión: anular ese entierro mediante los silbatos clamorosos de la ciudad y los pueblos de ribera y montaña, que despiertos, gritamos: ¡Viajeros, al tren!