Como no me da la gana de escribir sobre la visita del Papa o sobre los descubrimientos de la vida privada de Zapatero (porque otros lo hacen hasta hartarse), me voy a dedicar a contaros lo que mejor se me da, según la unánime opinión de mis diez lectores: un viaje.
Hubo una época en que uno recorría media España para comprar aceite. Lo hice en los Arribes, como ya os conté en otro artículo, en Extremadura, concretamente en Navalvillar de Pela y, en la ocasión que me interesa hoy, en Arenas de San Pedro, en la provincia de Ávila.
Íbamos en el coche dos parejas, Ángel y Esperanza y Mari Cruz y un servidor, y conducía yo, lo que era un desastre en sí mismo, puesto que nunca me gustó conducir. El caso es que llegamos a Ávila y paramos a tomar un café. Me entusiasmó la ciudad. Lo primero que ves, ¡claro!, son sus murallas, que me parecieron ciclópeas, pero andando por el casco antiguo no puedes por menos de trasladarte en el tiempo y volver a la época medieval, con sus caballeros y sus pajes, con toda la parafernalia que te han enseñado en los libros de historia. Además, Ávila tiene una ventaja incuestionable: la recorres en una hora. El día estaba nublado y no presagiaba nada bueno. Seguimos hacia Arenas. Para llegar al valle tienes que pasar el puerto del Pico; lo bajamos con una niebla infame, una venganza de los dioses hacia los humanos con la que se reían mucho. No se veía a diez metros, con lo que no pude, ni quise, hacer el Fittipaldi. Pasamos por Mombeltrán, y, al llegar a La Parra, cogimos una carretera secundaria que nos llevó, ¡por fin!, a Arenas de San Pedro. Según llegamos a la pensión, que era talmente como las que describió Cela en su maravilloso ‘Judíos, moros y cristianos’, en los que hablaba mucho de estas tierras; pareciera que no había pasado el tiempo desde aquellas descripciones de don Camilo y lo que nos encontramos cuarenta años después.
El caso es que según dejamos las maletas, empezó a caer la mundial: aquella tormenta no se parecía en nada a las que caen en mi pueblo; en aquel instante no puede por menos de recordar el título de un libro de había leído años antes: ‘El dios de la lluvia cayó sobre Mexico’. Los truenos eran detonaciones de un cañón de calibre incalificable y la lluvia sonaba como un tambor en plena retreta. La tormenta duró más de una hora y, cuando nos dimos cuenta, era la hora de comer. Lo hicimos en el bar de la pensión y a fe que estuvo deliciosa. Para poneros en contexto, quiero aclarar que Arenas está a quinientos metros sobre el nivel del mar…, pero está rodeada de un circo de montañas (la parte sur de la Sierra de Gredos), en la que sus picos alcanzan los dos mil quinientos, con lo que se crea un microclima único, hasta tal punto que, al valle del Tiétar, los que saben, lo llaman «la Andalucía castellana». Después de la siesta, compramos el aceite, que era el motivo principal del viaje, y nos decidimos a hacer turismo. Visitamos Guisando, un pueblo increíble metido en un vallejo con decenas de riachuelos y miles y miles de higueras que, por la época, estaban en sazón. Como uno es un cuzo, preguntó a una chica que andaba por la calle por dónde estaban los famosísimos toros. Por supuesto, me dejó como un tonto al contestarme que los toros están en Madrid…; talmente me sentí como Jürgen Klopp cuando contestó a una pregunta sobre el fútbol de la actual selección alemana, y vio que la había cagado: «Tengo cincuenta y siete años y sigo siendo un idiota». Después fuimos a Candeleda, un pueblo perdido en el tiempo y en el espacio, justo en la linde con Extremadura, que es tan bonito que, hasta un primer ministro británico, John Major, veraneó aquí durante muchos años, obviando las playas y los chiringuitos de Levante o de las Baleares, con lo que, por supuesto, me cayó de puta madre en cuanto me enteré.
Después de Candeleda, la Vera, la patria del mejor pimentón del mundo, que ya es decir. Fue un viaje inolvidable, que, por supuesto, os recomiendo encarecidamente: no tiene un desperdicio… Por cierto, el aceite, espectacular. Salud y anarquía.