He dedicado una buena parte de mi vida a Ulises, pero al Ulises de Joyce, no tanto al personaje legendario. Claro que, a pesar de las reticencias del propio Joyce, no puede entenderse la gran obra maestra del irlandés sin los reflejos dorados del poema épico de Homero. Por más que los títulos alusivos a la gesta homérica desaparecieran con aviesa intención de la versión final de la obra modernista. Joyce presumía de complicarle la vida a todos los expertos que osaran desvelar sus enigmas. No lo lograrían, decía, ni en 300 años. Conozco a muchos que han fracasado en el intento de leer la gran novela de Joyce, a muchos más que nunca lo intentarán, y a otros, como mi propia hija, que se han aventurado sin temor en sus páginas, como si en verdad se tratara de imitar el largo y azaroso camino de Odiseo a casa, y han alcanzado con éxito la última playa, aunque fuera casi sin aliento. Joyce no es Circe ni Calypso, pero no deja de funcionar como un incomparable hechicero del lenguaje. Y sus trampas y embelecos están dispuestos con sumo cuidado en todo el trayecto dublinés de Stephen Dedalus y Leopold Bloom.
Pero no vengo a hablar de Joyce, sino de Christopher Nolan. Bueno, ni siquiera. Vengo a hablar de cómo los clásicos pueden servir de aleccionadora lectura para los tiempos que corren: corren, por cierto, sin saber muy bien dónde tienen que llegar. He sido y soy un ferviente lector de Joyce, y sí, también de Homero. Como me decía un buen amigo, el gran Moncho Díaz, que miembro de ‘Fuxan os ventos’ y fantástico técnico de radio (hicimos muchos años un programa juntos), y, aunque desaparecido, para mí inolvidable y eterno: “una vez leído Homero, leído todo”. Tal vez sea cierto, aunque, por la naturaleza de sus poemas, muchos lectores han entendido que eran textos difíciles, reiterativos, que exigían un gran esfuerzo. En fin: si eso es lo que les ocurría, aquí tienen la gigantesca y polémica versión de La Odisea de Christopher Nolan, que nunca nos deja indiferentes. Corrí a verla, porque allá donde suena Odiseo, o sus sirenas, acudo raudo, aunque conocedor de los peligros. Me lo pasé muy bien.
La Odisea de Nolan es un poderoso metraje de casi tres horas, en un formato que no podrán ver (no hay salas que exhiban ese formato original, pero bueno, no pasa nada), donde, con notable voluntad de estilo, con su toque de megalomanía fílmica y con no poca imaginación, se narra el famoso viaje de Ulises, u Odiseo, que pretende regresar a Ítaca tras el fin de la guerra de Troya. La historia es conocida, pero hay muchas maneras de contarla. Nolan nos ofrece un derroche de efectos bastante creíbles, un carrusel de claroscuros, muchos minutos de oscuridades y ruidos poderosos, una poderosa coreografía de sangre y fuego, una sinfonía producida por el entrechocar de los metales, y, por supuesto, mucho más.
La película ahonda en sus significados filosóficos, hace una lectura implícita de las conexiones con los tiempos contemporáneos, ejemplifica los males de la guerra y de la infinita ambición humana, pero también se preocupa por envolvernos en una estética imbatible, donde el azul del mar y el fuego de la guerra se dan la mano. Nolan nos invita a profundizar en el significado de esta historia mítica, en su gran metáfora, en cómo puede leerse desde el presente, pues las grandes historias son para todas las estaciones, y todo lo que el pasado cuenta es útil para entender lo que nos está sucediendo ahora. Y, al tiempo, logra que entremos en el tejido homérico, aunque no se trata, obviamente, de una versión exacta del poema (sí en muchas ocasiones), sentimos el calor y el miedo, sentimos el odio y la amistad, sentimos el dolor de lo perdido, la tiranía del destino o del azar. Todo lo que ocurre es mágico, producto de la hechicería y el capricho de los dioses (a los que nunca logramos entender: tampoco ahora), todo es quizás producto de la mente atormentada del protagonista, y de las inclemencias atmosféricas, y de la espera infinita, pero los griegos eran capaces de ver la huella de los dioses en las acciones más cotidianas de la existencia. La Odisea es una metáfora de la vida. Todos somos Odiseo.
Por eso me alegra que Nolan haya traído de vuelta, a su manera, el poema homérico. Y esa fuerza de la naturaleza (entendida en aquel tiempo como capricho divino), luchando a brazo partido con los hombres. Así es nuestra vida, en realidad. Un viaje sometido a las trampas, a la suerte, a la magia de los encuentros y al horror incomparable de las pérdidas. También es un viaje por la memoria y por el terreno estéril (o por el río) del olvido. Ulises, Odiseo, nos representa. Intenta volver de una guerra terrible, ganada con el engaño de un caballo preñado de hombres: hay que poner mucha voluntad para creerlo. Pero también diría que es sólo metáfora. El poder largamente larvado de lo escondido. De lo oculto. De lo que surge y brota de pronto, sorprendiendo, o amenazando. La Odisea habla de la fragilidad humana ante los elementos, y ante el odio y la venganza de los otros, ante el infinito y dañino deseo de poder, ante la hipocresía y el desamparo, pero también habla sobre la resiliencia y sobre el gran poder de la determinación. No es un lugar común que los clásicos pueden enseñarnos muchas cosas. A ello hay que volver, en este tiempo de desatención y desapego. En este tiempo en el que triunfa lo superficial. Ahora que tanto se elogia la ignorancia.
La Odisea, y Christopher Nolan insiste hábilmente en ello, debe leerse también con los ojos actuales. Habla de nosotros. Habla de un mundo de exclusiones y de miedos. Somos nosotros los que estamos a bordo de este barco a punto de naufragar. Es nuestro viaje, tortuoso pero bello, por los caminos de la vida. Es el terror de las grandes amenazas. El terror de las trampas del azar. La magia perniciosa, la hechicería que pretende modificar la realidad, la pérdida de la memoria, que nos condena, son aspectos de La Odisea que tienen su lectura en este mundo vertiginoso, donde tantas cosas están en transformación. Pero también está la fuerza de los amigos, de los que no traicionan, y el poder del amor, y el deseo de que triunfe lo que nos hace humanos, sobre la tiranía de los dioses (o de los poderosos). Todo eso está ahí. Porque Odiseo somos todos. Porque su viaje es nuestro viaje.
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