Javier Cuesta

Viaje a ninguna tumba

03/05/2026
 Actualizado a 03/05/2026
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Sin certeza histórica de que en tal catedral haya tal apóstol, ahí está de nuevo el pujante Camino como prueba inequívoca de la fuerza de las leyendas. No hay moda más longeva y duradera. Algún loco aislado camina sobre y bajo la nieve en enero, qué necesidad. Ahora, en abril/mayo, comienza la fiebre del peregrino y se extiende a oleadas hasta otoño. En esa larga recta de tres/cuatro kilómetros entre Villamoros y Mansilla puedes contar un ciento a las siete de la mañana. Es vicio, tanto da Año Santo como pecador.

El fenómeno arrancó hace diez siglos y entonces, época de magia y creencias, tendría explicación; hoy menos: estamos en el siglo de la ciencia. Pero claro, también de la imagen, del turisteo y en último término, de la tontería. De la esencia medieval de la peregrinación queda bien poco, toda vez que búsqueda espiritual parece incompatible con masificación: desde los cien peregrinos registrados en los 70 a los ciento cincuenta mil en el 99, la operación publicitaria de la Xunta cuajó y ha generado la respuesta de una moderna cruzada, esta vez comercial, hostelera, tecnológica. Ayer de iglesia en iglesia, hoy de bar en bar. Los ojos en el móvil más que en el paisaje. En lugar de improvisar, lugares planificados. Las huellas de esa experiencia son fotos, vídeos, wasap… caminar para contarlo, y en el mismo instante.

Sigo, ya en primera persona: sí, me resisto al Camino como reniego, no sé, del pijo/pádel, de la quinoa, de las pelis de Segura, de los clubes de lectura o de los bares con solete. Aunque en lo del Camino confieso que a veces alguna peregrina italiana debilita mis reticencias. Me defiendo de cualquier moda o tendencia; es mi decisión. Desde la casa del pueblín en Veneros veo un monte que me duraría siete vidas: para mí solo, inmenso, inacabable. Y olvidado: nadie trepa por él. ¿Por qué caminar en fila, detrás de maniquís de `coroneltapioca´, siguiendo como zombis a un ejército de coreanos, como en una especie de safari y por caminos prefijados, prostituidos por un pie tras otro, con tantas rutas como tenemos sin hollar, ya sólo en nuestra extensa provincia? Pero estas son mis preguntas. Fobias particulares, nada contagiosas. Allá cada uno con sus pasos. Sin embargo, debo admitir que hace años leí con placer el estupendo “Desvío a Santiago”, del holandés Cees Notemboom, fallecido en febrero. Una delicia -entre ensayo, historia del arte y libro de viajes- que pocos peregrinos conocerán. Dice el gran escritor, declarado admirador de nuestro país: “Quién haya hecho sólo los itinerarios obligados no conoce España. Quién no haya intentado perderse en la complejidad laberíntica de su historia no sabe por dónde viajar”. Por eso él se desvía cien veces y descubre mil rincones, incluso se deja seducir por el reclamo de Escalada y se aparta una última vez del Camino para ver sus doce arcos y “… la decoración del oriente extraviada en el norte”. El impacto de lo impropio, proclama, algo que muchos aquí al lado no sabemos apreciar. Desviarse, perderse, leer; otras formas de viajar.

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