Es un local pequeño, pero siempre está a reventar. Bea corta, tiñe, arregla las uñas, ofrece consejos gratis y sonríe sin parar. Mientras espero mi turno, entra una señora mayor con su marido. Quiere hacerse la manicura. No hay manos libres, así que Bea le pregunta a una mujer con el pelo embadurnado de tinte si se la podría hacer ella. Total, ya que estás aquí, y te llevas el dinero. La del tinte se ríe, se cambia de asiento y se pone con las uñas. En la silla libre se sienta el marido. Bea le corta el pelo con devoción. Pero qué tienes aquí, ‘home’, le dice, ¿una cicatriz de guerra? Señala una línea negra sobre la piel. El hombre se ríe. De guerra, sí, de la mina, del carbón, trabajar en la mina es igual que ir a las trincheras. Se hace un silencio y en la radio se escucha la noticia del amerizaje de la nave Artemis II. Pienso en ese viaje que suena a ciencia ficción. Cuatro humanos, entre ellos el primer afroamericano y la primera mujer astronautas, han regresado a la Luna más de cincuenta años después de la aventura del Apolo 11. Un viaje espacial, no olvidemos, financiado por la Nasa-EE UU. Trump aprovecha el éxito para felicitar a los tripulantes, llamarles héroes y tuitearlo. No sé cómo no le cae un rayo desde el cielo y lo fulmina en el sitio. Él, que ha reducido el presupuesto dedicado a la investigación aeroespacial a la mitad, que ha recortado el dinero para la ciencia, que ha lanzado al planeta a varias guerras horrendas. Y sin embargo, ese mismo planeta se alegra de que una nave que despega desde EE UU aterrice en la Luna. Curiosamente el mundo considera esa hazaña como una hazaña universal. Escucho las palabras de la mujer astronauta: «Desde el espacio, la Tierra era simplemente este bote salvavidas colgando, imperturbable, en el universo», y añade: «Planeta Tierra, ustedes son una tripulación». Desde el espacio, la humanidad es una tripulación que vuela junta. En medio de las guerras que nos asolan ese es un mensaje que reconforta. Pero desde nuestro propio planeta, para Trump o Netanyahu, el mundo se ve de otra manera porque para ellos no existe el concepto humanidad.
En la peluquería cambian la emisora y regreso a la Tierra. El hombre mayor se despide. Un segundo después nos llega un estruendo horripilante de coches escacharrados. Nos miramos unas a otras con expresión de pánico. ¡Mi marido, le pasó algo!, grita la señora de las uñas. Salimos en tropel a la calle. Un coche se ha llevado por delante el badén de plástico que obliga a reducir la velocidad. El viejo minero se acaricia la negra cicatriz de la cabeza y dice: Menudo telar armó el guaje, se cargó los bajos. Suspiramos aliviadas, aquí Houston, Artemis II a salvo, y volvemos a la nave de Bea.