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Viaje a la luna (en días de pasión)

06/04/2026
 Actualizado a 06/04/2026
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Con la que está montada aquí abajo, uno siente envidia de esos astronautas que han vuelto a la luna en plena semana de pasión. Aquí en León, precisamente, astronautas no nos faltan. Parece que nos han dejado sacar la cabeza por ese lado, por el lado espacial y selenita: a ras de tierra, todo está mucho peor. Así que, en efecto, uno entiende que los únicos felices estos días son esos astronautas que han volado hasta la cara oculta de la luna, donde por lo visto hay agua y muchas posibilidades de construir una colonia futura para la humanidad, sin que tampoco sea un sitio para tirar cohetes, valga la paradoja. Espero que tengamos aquello acondicionado antes de que dejemos el único planeta que tenemos hecho unos zorros, porque nos estamos aplicando con gran entusiasmo en su destrucción. La colonia lunar será como una gasolinera espacial, pero sin los peligros de Ormuz, para luego propulsarse hasta el infinito y más allá. No va a suceder mañana, también es cierto, pero la gente, a falta de otra esperanza, parece enganchada al subidón aeroespacial, aunque vaya mal casi todo lo demás.

Estamos deprimidos con esta guerra (otra guerra) organizada por Trump y Netanyahu, que está dejando envuelta en víctimas y cascotes toda una zona del mundo, mientras volamos, eso sí, al espacio exterior, con vistas al Mar de la Tranquilidad. La conquista del espacio siempre ha servido para recuperar el ánimo, al menos para los norteamericanos. La cosa esa de la ultima frontera, y en este plan. Trump, muy terrenal y poco propenso a la poesía, ni siquiera a la poesía épica (sus tuits no son precisamente poemas románticos), habrá visto que, mientras nos entretenemos con este nuevo viaje a la luna y la promesa de hacer grande a América ahí fuera, no nos preocuparemos tanto por el sindiós que está montando aquí abajo. Muchas imágenes hermosas del planeta azul visto desde lo alto, mucha emoción en esa cápsula (salvo por lo de la avería del retrete, que siempre es algo muy prosaico, y más con lo difícil que es encontrar un fontanero, ya decía Woody Allen), pero lo cierto es que la Tierra, de cerca, se empieza a parecer más, sobre todo en Oriente Próximo, a un triste ‘remake’ de Mad Max, dicho sea sin ofender. Puede que conquistemos otra vez la luna (algunos creen que nunca fuimos allí, también te digo) y que nos propulsemos a Marte (hay gente a la que enviaríamos de turismo y de forma gratuita, ¿o me equivoco?), pero lo verdaderamente difícil ahora mismo es resistir aquí en la Tierra, literalmente sometida a la locura y a la barbarie de unos cuantos a los que, para qué negarlo, ya se les veía venir.

Ya decía Thomas de Quincey que “se empieza por el asesinato y se termina por no ir a misa los domingos”, y a Trump le pasa un poco lo mismo, aunque a misa seguro que va, al menos tanto como al campo de golf. Lleva semanas organizando bombardeos y cosas, escribiendo bravuconadas de matón de barrio, sustituyendo gobiernos, cerrando el grifo sobre todo a la gente necesitada, incluso en su propio país, militarizando ciudades, persiguiendo inmigrantes con saña, apoyando la destrucción de los que no comulgan con sus ruedas de molino (en fin, por seguir en clave religiosa), y ahora, oh cielos, está perdiendo las formas en las redes sociales, diciendo a los iraníes “abrid de una vez el puto estrecho, locos cabrones”.

Qué palabras son esas, Trump, colega, lávate ya la boca con jabón, como nos decían de niños. O sea, que una cosa es empezar por el bombardeo y el asesinato de la pobre gente inocente y otra terminar con estas palabrotas, joder, coño, Trump, que ya nos hacíamos cargo de que la educación cívica en tu caso no era precisamente mucha, pero hombre, aunque sea por el qué dirán, un poco de contención. Si no con las bombas, al menos con los adjetivos. Lo de Trump es tal cual lo que decía Thomas de Quincey. Está perdiendo las formas con el enemigo, y si pierdes las formas lo pierdes todo, querido. No hay cara oculta de la luna ni sala de baile hortera que distraiga al personal. Podrás presumir de crear un infierno en Irán (tu vice ya habla de que los extraterrestres son en realidad demonios: creo que debería mirar algo más cerca, los peores demonios suelen ser los interiores), pero qué hacer si toda tu fuerza se te va por la boca, que es una risa Trump, o sea. En esas estamos. Estos son los bueyes con los que arar.

La pasión viene etimológicamente del sufrimiento, así era en Roma, y entre los griegos, de ahí la compasión (cada vez más escasa, me parece) y de ahí la empatía, que vive sus peores momentos. La empatía es tanto como ponerse en el lugar del otro, entender los sentimientos del otro. Está en horas bajas. Empezando por estos líderes que están incendiando el mundo con el apoyo de algunos más que, sin embargo, presumen de profundos sentimientos religiosos. ¿De verdad? He escuchado por ahí que algunos han visto en Trump una especie de nuevo redentor, liberador de multitudes, e incluso me acuerdo de esa foto, inolvidable, la verdad, en la que unos cuantos rezaban con él, mientras tocaban su insigne figura y su traje caro. Y el líder, transfigurado, pronuncia ahora esas palabras necias, su pensamiento profundo: “que abráis el puto estrecho”, y tal. Este es el nivel.

Pasión viene de sufrimiento, sí: el padecimiento pasivo, la presión extrema e insoportable, y eso es lo que viven hoy millones de personas. Por la borrachera de poder de unos cuantos. Por el avance del neoimperialismo. Por la ambición disfrazada de patriotismo palabrero. Mucha de la gente que sufre cada día tiene la desgracia de vivir atrapada entre sátrapas y liberadores a cañonazos. Difícil elección. La pasión contemplativa que predica el filósofo Byung Chul-Han no parece una opción en este mundo de agresores sin piedad, no para los más pobres e indefensos, por más que él lo presente como la resistencia ante la hiperactividad impuesta en esta sociedad contemporánea, ante la explotación sistemática del individuo, a causa de la “lógica productiva” que hoy nos encadena y nos somete. Es necesaria la acción colectiva, que ha de nacer de la razón y la moralidad.  

Termina la Semana Santa, pero no parece que termine la pasión. El sufrimiento provocado enloquecidamente es hoy moneda común. Vivimos tiempos terribles en los que se mezclan la sangre humana y el petróleo, componiendo un paisaje lunar aquí en la Tierra. No pensé que un escenario distópico podría convertirse en algo tan real. Desde mi pensamiento profundamente laico, pero respetuoso con las religiones, comprendo a todos los que procesionaron exultantes ante el lanzamiento de la nave Artemis II, en las costas de Florida, y ante las pantallas, porque ese cohete es también un icono salvador, al que adoramos en nombre de la ciencia.

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