Imagen Marina Díez

Vestir, hablar, vivir: el derecho a ser sin ser juzgada

14/02/2026
 Actualizado a 14/02/2026
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Una falda corta, un escote, un pintalabios rojo. Una risa fuerte, una voz que no se esconde. Un acento marcado, un cuerpo que no encaja en los cánones. Basta cualquiera de estas cosas para que aparezca el juicio: «va provocando», «es una mandona», «qué ordinaria», «qué descuidada».

Nos juzgan por cómo vestimos, por cómo hablamos, por cómo caminamos. Y no solo los hombres: también entre mujeres hemos aprendido a mirarnos con esa lupa que no perdona. El patriarcado se alimenta de esas pequeñas censuras que acaban moldeando nuestra libertad.

Durante siglos, el mandato fue claro: no destacar, no llamar la atención, no desentonar. En los pueblos, todavía resuena el eco de «qué dirán» que podía pesar más que cualquier cadena. Muchas callaron su forma de hablar, se vistieron como se esperaba, ocultaron sus deseos. Y lo hicieron porque sabían que salirse del guion podía costar caro.

Pero el derecho a ser sin ser juzgada es uno de los pilares de la igualdad. Vestir lo que queramos, hablar como nos salga, vivir como decidamos, sin que eso nos convierta en menos respetables ni menos dignas. Sin que nadie crea que por mostrar un hombro perdemos la razón, o que por alzar la voz perdemos la feminidad.

El feminismo nos recuerda que no tenemos que dar explicaciones por existir como somos. Que nuestra ropa no justifica violencia, que nuestro tono de voz no disminuye nuestras ideas, que nuestro estilo de vida no necesita permiso.

Vestir, hablar, vivir: tres verbos sencillos que todavía siguen marcados por la sospecha y el control. Defenderlos es más que una cuestión de moda o de carácter: es defender la dignidad.

Porque solo cuando podamos ser nosotras mismas sin miedo al juicio, podremos decir que somos realmente libres.

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