«Canta el pájaro sin saber que canta y el niño juega sin saber que juega». No le tocaba hoy a mi admirado Galeano aparecer por aquí, que hay varias canciones que combinan con las noticias semanales y optando a ser citadas. Pero esa frase del sabio creo que debe constar en acta, como defensa perfecta para varias cosas que están siendo prohibidas con amenaza de multas.
Será por ser de tierra adentro, pero desconocía que, según la Ley de Costas, llevarte un puñado de arena, conchas o piedras de la playa está prohibido con multas de 100 a 60000 euros. Llevarse esas cosas es un grave problema para el ecosistema costero y uno descubre de repente que convirtió a sus amigos en delincuentes, pidiéndoles siempre una piedra del lugar al que viajaran. Daba igual de costa, montaña, volcán o cueva. Debe ser de vital importancia, a juzgar por las veces que ayer lo repitieron, la prohibición de hacer agujeros en la arena en los que quepa un niño o provoquen caídas de mayores, con su correspondiente multa. No sé yo si Manolo García saldrá bien parado de esto y el título ‘Arena en los bolsillos’ no será considerado confesión. Y al continuar el noticiero con ese globo sonda que nos sobrevuela cada verano: la prohibición de sacar sillas a la calle y charlar con los vecinos a la fresca, con su correspondiente multa, rescatas el video que te enviaron. El que hace recuento de delitos y empieza diciendo: la mitad de este vídeo hoy sería ilegal. Y lo sería.
Aunque parezca mentira, ahí aparecemos una generación que aún nos consideramos jóvenes (cada uno ponga su propia risa). Éramos delincuentes lavando el coche en el río. Chavales trepando a los árboles para robar las manzanas del vecino, que mañana sería su hijo el que viniera a robar las de tu padre, porque no había fruta con más vitaminas que la ajena. Para después darse cuenta de que eran la misma banda cambiando de huerto, un juego en el que los adultos participaban fingiendo enfadarse, aunque solo les preocupara que el chaval se ‘parniquebrara’. Una bici daba para tres amigos y tres meriendas. En una moto viajaba el libro de familia, hasta ser numerosa. El Citroën daba para seis si no iba la tía Elisa y el aforo del Renault 8 de mi hermano Agustín, para ir a las verbenas, era de ocho personas, como su propio nombre indica. Niños de patas en el río y bebiendo a morro en la fuente, sin contagios de ninguna clase. Si había un agujero en el suelo te caías y después te levantabas, sin multar a nadie. Convertir en diana una botella que ya echaría en falta algún padre al embotellar la próxima cosecha de Gordoncillo. No había rapaz que se precie sin un bote lleno de renacuajos, alguna colilla recolectada en el suelo y el tirachinas siempre listo para el primer pardal que pasara. La misma plaza era bolera, pista de baile, templario el día del Corpus y campo de fútbol por las tardes. Dudo mucho que hubiera licencia para nada de todo aquello. Todo servía para jugarlo y vivirlo y todo se vivía y se jugaba, como en la canción de Silvio Rodríguez ‘Verbos en juego’. «Si tu signo es jugar, juégalo todo / tu camisa, tu patio, tu salud…». Todo menos el corazón. Así dice la canción que te invita también a poner el verbo azul, el verbo cien y el verbo tú.
Y cuando crees haber elegido la canción perfecta, hay que acallarla en la segunda estrofa porque habla de fuego, justo el tema que quería esquivar. Ese verbo hoy no se deja conjugar, ni pronunciarse siquiera, porque una vez más, la provincia arde por sus costados. Ahora que la generación de delincuentes peina canas, los charcos solo sirven para delatar los baches y los renacuajos y cigarras están a salvo, salvemos a las caracolas y a los lobos. Arrancar las vacaciones escolares es la coartada para hablar solo de juegos, incluidos los prohibidos. Nos quedamos con el verbo jugar -si nos dejan- y con el verbo charlar a la fresca, si nos lo permiten. Solo queda prohibida la segunda estrofa de la canción, con el permiso de Silvio Rodríguez: «Y si tu signo es arder, arde con todo: tu camisa, tu patio, tu salud…».
Hoy vamos a fingir que somos tan rebeldes como fuimos, cuando solo jugábamos. Vamos a sentarnos en los charcos porque nos da la gana, y moldear pájaros de barro, llegados de otro canto, por si hicieran falta. Vamos a dibujar los árboles de nuestros nietos porque los que deberían heredar, están ardiendo. Y hay que tejer mariposas nuevas para mañana. Después lo lanzaremos todo al aire, que ya lo repartirá el viento, antes de que nuestros niños despierten y se enteren de lo que está ocurriendo en nuestros bosques y sus nidos. Que piensen que jugamos mientras hacemos pájaros, mariposas de hilo y árboles de carboncillo, por si acaso. Que se rían al vernos con zanahorias en el pelo y si preguntan por qué no usamos flores, les decimos que fueron a teñirse de nuevo, que anoche el aire les llevó los colores. Hoy no vale tomarse nada en serio. Solo el fuego. Nos quedamos con todos los verbos de color azul, con el verbo cien y con el verbo tú.